Votar se está volviendo cada vez más difícil, más absurdo. Ahora mismo el PP sube como la espuma y arrasa en encuestas tras haberse metido en el bolsillo la gran mayoría de autonomías, pero su líder no levanta cabeza. Rajoy pasea una valoración negativa que no hay forma de desenterrar, pero basta verlo sonreír desde el anuncio del anticipo de las generales para entender que no le importa.
Lo que importa es ganar, y su partido parece que lo hará por goleada.
En el equipo contrario, mientras, su nuevo líder tiene una excelente cotización en el mercado de los valores carismáticos pero su partido está por los suelos.
Lo cual nos plantea el dilema de qué indicador es más fiable. ¿Tiene sentido votar a un partido de cuya máxima autoridad no nos fiamos? Y al revés, ¿de qué sirve aplaudir a un líder cuando su equipo y su programa nos resultan cuando menos sospechosos?
No sé, igual hay politólogos que tienen una explicación racional y científica para esta aparente esquizofrenia.
Por no hablar del programa, aquella tierra prometida cantada por el mesías Julio Anguita como remedio catártico. Basta ver cómo Rajoy silencia su programa (¿lo tiene?) y Rbcb anuncia el que no ha puesto en marcha durante los 7 años que ha estado en el Gobierno, para entender que esto del programa es una antigualla. Los programas se escriben para no cumplirlos, otra esquizofrenia. Ganar es lo que importa.

Imposible sustraerse al impacto y trascendencia de la noticia, recién producida aunque rumoreada desde hacía tiempo. Mire usted por dónde, ZP acaba poniendo en práctica la doctrina Aznar de limitar el cargo a dos mandatos, pero sin nombrar sucesor ni salir por la puerta grande.



