
Obra maestra porque lo tiene todo. Historia, personajes, niveles de lectura, banda sonora, ritmo, escenarios, sentimiento, clímax, referencias culturales y guiños de todo tipo, fintas argumentales imposibles… Y una madurez técnica que nos hace imaginar un futuro cine de animación más humano y emocionante que el protagonizado por actores de carne y hueso. Nunca había visto tal calidad de texturas ni tanto dominio de la expresividad gestual.
Sólo quería referirme al contenido, tan complejo y actual y sin embargo no molesta para nada a los espectadores más pequeños. El trauma de crecer, la ruptura con la infancia y la familia como protección… vividos desde la insólita perspectiva de los juguetes, un colectivo condenado a la exclusión. Solución final, el mismo escenario de los campos de concentración de antes que roza el estado policial de ahora (cámaras, manipulación, un falso mundo feliz) y nos deja a las puertas del terror: la eliminación de residuos, este tabú de nuestra sociedad postmoderna (lean por favor Vidas desperdiciadas de Zygmunt Bauman. Tienes una copia en Scribd y puedes descargarlo aquí) Residuos industriales y domésticos, pero también humanos (millones de desplazados encerrados en campos blindados) vergonzosamente alejados de nuestra limpia cotidianeidad.
¿Solución frente a este compendio (psicológico, material, social, político, ecológico) de exclusiones? No será la fidelidad individual (¿regresiva?) de siempre. No será el amor de Barbie y Ken, ni el de Buzz y la vaquera ni la fidelidad de Buddy hacia Andy, sino la fidelidad al grupo. Por eso el malo malísimo de esta (¿última?, no por favor) entrega es Lotso, el destructor de grupos y producto él mismo de una experiencia traumática de exclusión.
La solidaridad como escudo mágico contra el egoísmo aniquiliador.
Ojalá las próximas generaciones puedan ver esta película sintiéndose descendientes de la familia de Toy Story.