
Más cine de este que mezcla y funde elementos de origen variopinto, tributo a una moda que busca satisfacer a todos los públicos con un refrito de estéticas y géneros. Mitología escandinava, psicoanálisis a la búsqueda del padre, duelo final como en las pelis del Oeste, paisajes y edificios a lo Dune o Star Wars, superhéroes a lo Marvel, investigación del espacio buscando el contacto que no consumó Jodie Foster, colección de transformers, conflicto fraternal que reproduce el que vivieron Mufasa y Scar en El rey león, el asalto a la estación científica como en Encuentros en la tercera fase.
Todo es posible porque no hay límite a las combinaciones de mitos, escenas y personajes. Sin despreciar por supuesto los efectos especiales, algún que otro diálogo de resonancia shakesperiana (Kenneth Branagh firma la dirección, oh cielos) y la inevitable (aunque fugaz: habrá que esperar a Thor 2 y Thor 3) historia de amor entre una Natalie Portman insípida incluso cuando sonríe o se alarma (no hace otra cosa) y un Chris Hemsworth (Brad Pitt con esteroides) que sigue fiel a sus limitaciones de actor televisivo.
Banda sonora flojita aunque no molesta, y muchos colorines.
En fin, otra película que se aferra al paradigma postmoderno. Este que es expresión de una cultura basada en el eclecticismo estético y el relativismo ideológico, correlato amable y seductor de una economía globalizada que proyecta un imaginario sin fronteras (geográficas: Nuevo México como espacio fronterizo o tierra de nadie; raciales: ahí está el negrazo guardián de la puerta o el oriental que acompaña a Thor; culturales: la astrofísica haciendo migas con un cachas narcisista e inculto; históricas: el medioevo futurista visitando nuestra era…)
Y encima contratan a Anthony Hopkins para homologar el dislate.