
Aunque no he oído ni leído confirmación oficial, los partidos que he visto hasta ahora apuntan a que el torneo de París (no se olvide, el más prestigioso en tierra batida de todo el circuito internacional) tiene prohibido el uso del ojo de halcón. Lo cual resulta chocante, tan habituados estamos a ver cómo esta tecnología resuelve los casos dudosos (a petición de uno de los jugadores, que no pueden sobrepasar un máximo de solicitudes para evitar el abuso) en lugar de las observaciones del juez descendido a la cancha a tal efecto: una imagen anacrónica que sin embargo mantiene esta referencia clasicista, casi artesana, de una competición asociada al pasado elitista del tenis. ¿No es en Wimbledon (el otro torneo exquisito, superior en categoría por cuanto se entronca con las señas de identidad más linajudas: Inglaterra y campo de hierba) donde todavía estaban (¿están?) prohibidos los vestuarios coloreados propios de una modernidad democrática y masificada?
En cualquier caso, paradoja y hasta esquizofrenia. La exhibición de un ritual y protocolos elitistas contrasta con unos aforos cada vez mayores a tono con los de deportes masificados como fútbol, básket, béisbol. Por no hablar de audiencias millonarias a través de la televisión.
Parece como si algunas instituciones con pedigrí se resistiesen a abrazar formas populares y soportes tecnológicos con una discreción selectiva, como estrategia para marcar distancias con una realidad que asumen a la fuerza.
Este rechazo no es exclusivo de deportes aristocráticos. Ahí está el fútbol, cuyos dirigentes se niegan en rotundo a introducir la tecnología que disfrutamos millones de espectadores. Contra toda lógica, un árbitro puede arruinar la fiabilidad de un resultado cuando una simple cámara podría aclarar en el mismo momento si la jugada dudosa es o no penalty, fuera de juego o manos.
La misma tecnofobia como forma de mantener un estatus adquirido en tiempos pasados y que confiere en la actualidad un halo mágico a estos deportes.
Dejándolos al margen de la objetividad de la tecnología, los aparta igualmente de la cotidianeidad: espectáculos tocados por la divinidad donde es posible vivir el milagro.
Tenis, fútbol: instancias religiosas en un mundo laico, blindadas no sólo frente a la tecnología sino contra las miserias humanas. ¿A alguien se le ha ocurrido exigir a los futbolistas de élite (y a los de segunda y tercera categorías) y demás estrellas del deporte que recorten un 10 o un 15% sus ingresos? ¿Acaso no es Maradona un dios, haga lo que haga?