
La crucifixión era práctica relativamente habitual en el mundo antiguo, especialmente entre los romanos. Se usaba como castigo extraordinario contra criminales a los que se buscaba humillar públicamente: una forma de subrayar su marginalidad ante la gente que presenciaba el espectáculo.
Jesús es sin duda el personaje más famoso de cuantos han sido crucificados a lo largo de la historia, aunque San Pedro también fue crucificado, en su caso boca abajo. Para conmemorar la pasión de Jesús se celebran las famosas procesiones de Semana Santa, en las que algunos penitentes se aplican castigos corporales como forma de expiación, y diversas recreaciones del vía crucis histórico. En algunos países todavía se mantienen variantes más cruentas, que incluyen la flagelación (recuérdese: un hábito común durante siglos entre los católicos más extremos) e incluso la crucifixión, por ejemplo en pueblos de Filipinas. En San Fernando, al norte de Manila, once penitentes han sido crucificados durante esta semana.
Existen verdaderos especialistas en este tipo tan específico de espectáculo, que repiten año tras año e ingresan en la lista de crucificados más veteranos del lugar. La atracción que despiertan estas crucifixiones públicas generan verdaderas peregrinaciones: hasta 30.000 turistas se desplazaron a San Fernando para contemplar estos ritos, una costumbre atávica reconvertida en simulacro postmoderno.
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Crucificados en el siglo XXI
Farmville ya tiene más de 80 millones de usuarios

He aquí el juego que hubiese entusiasmado a Jean Baudrillard, filósofo y ensayista investigador de la hiperrealidad y el simulacro: la copia como sustituto de la realidad. Seguramente no hubiese jugado a granjero virtual en Facebook pero le hubiese servido como ejemplo canónico de esta subversión ontológica asumida además de forma lúdica y masiva.
Si declarar que Dios ha muerto le costó a Nietsche la exclusión social y la locura, el asesinato de la Realidad (la transmutación de urbanitas recalcitrantes en granjeros compulsivos) se convierte en un éxito comercial. Para que después digan que no existe el progreso: 80 millones de ciudadanos son capaces de controlar su esquizofrenia sin ningún tipo de secuela.