
Empleamos actualmente bizarro en el sentido que tiene término inglés bizarre (que a su vez lo tomó prestado del francés), distinto del significado habitual durante siglos, originario del italiano bizzarro.
Bizarro fue un italianismo culto o literario, que ha cedido casi por completo su puesto al anglicismo actual, usado de vez en cuando en los medios como una de estas palabras de moda (me viene por ejemplo a la cabeza órdago) que muchos lectores no acaban de entender.
Bizarro significa valiente, irascible, fogoso, gallardo, de acuerdo a su procedencia italiana, pero lo empleamos como sinónimo de raro, extravagante, pintoresco, insólito, de acuerdo a su contagio anglosajón.
Y por influencia de Internet.
Internet es caldo de cultivo de un género que podríamos denominar bizarro, y que arrasa sobre todo en sitios de vídeo social como YouTube y en otras webs dedicadas al humor postmoderno. Vídeos (pseudo)caseros mostrando situaciones imposibles, curiosas, morbosas, horteras, mezcla de heroicidad antiheroica. Provocación homologada, del cuñaoooo a Belén Esteban. O inocentes situaciones, captadas en un momento que las vuelve del revés como la del bebé que muerde al hermano que se ha convertido en uno de los grandes hits de todo YouTube.
Lo bizarro tiene también que ver con cierto tipo de frikismo en su versión más exagerada o paródica.
Deportes extremos, tatoos, vídeos de caídas, golpes y demás accidentes. Lo bizarro (en su acepción moderna) es parte constitutiva de nuestra cultura, hiperindividualista y amante del espectáculo: forma de individualización, lo bizarro triunfa en la moda (lo gótico, relanzado ahora en su versión vampirista desde el éxito de Luna Nueva), la calle y las pasarelas. Y en los récords de todo tipo, Guinness o no.
Incluidos quizás los contratos astronómicos de estrellas cinematográficas y futbolistas: lo excesivo y gratuito como forma chocante de una época narcisista necesitada de nuevos y más poderosos estímulos.
Para los amantes de la Historia, nuestra postmodernidad bizarra se parece a la época romántica de la primera mitad del siglo XIX o al barroco del siglo XVII: momentos de crisis y desorientación que se expresan en formas artísticas cargadas de tensión.
Si es cierto que existen dos grandes principios (Eros y Thanatos) y en consecuencia dos grandes formas de organizar la sociedad y el arte (clasicismo y anticlasicismo), nuestra época postmoderna que arranca en los años 80 con el fin de las ideologías, el neoliberalismo que impone un capitalismo líquido o financiero con su correspondiente hiperconsumismo, muestra una especial afinidad con los tiempos del Romanticismo y el Barroco.
Y lo bizarro (exageración, parodia, espectáculo, fusión) nos ayuda a descubrir y confirmar tal afinidad.