Me quedé anoche viendo y escuchando en TVE el coloquio postpelícula entre la inefable Cayetana Guillén Cuervo (superviviente de todas las guerras) y los maestros Fernando Trueba, Carmen Maura y Antonio Resines.
Coincidían en añorar la década dorada de Pilar Miró y en lamentar la decadencia imparable del cine español. Hasta aquí podríamos estar (casi) todos de acuerdo, si le quitamos el registro nostálgico asociado al cualquier tiempo pasado fue mejor porque éramos más jóvenes y teníamos más pelo. O ligábamos y nos divertíamos más.
Pero el disgusto con la realidad actual va más allá: Trueba confesó que nunca ha tenido móvil. No usa esta modernidad intrusiva, lo mismo que Resines se quedó tan ancho al contar que no tiene Internet. Y ambos lo cuentan en un programa de máxima audiencia, desde la impunidad que les otorga ser vacas sagradas de la cultura española.
Y así podría entenderse mejor esta resistencia (o indiferencia, en el fondo lo mismo) hacia nuevas formas de distribución artística y comercial posibilitadas por la red. Trueba recordaba con pena y estoicismo lo bien tratados que se sintieron los creadores cinematográficos en la era Miró, y esto es justo lo que está cambiando. Se acaban (a pesar de González-Sinde) las protecciones, las leyes, los patrocinios y en general los soportes estatales que buscan mantener con vida una industria tan poco competitiva y desfasada.
En el fondo, una postura coherente (para el asombro de Carmen Maura: “¿en serio, Antonio, que no tienes Internet?”) la de Trueba, Resines y vete a saber cuántas otras vacas sagradas del cine y la cultura españolas: los nuevos (sic) medios, para los jóvenes.