Ya sabréis que Arturo Pérez Reverte llamó mierda a Moratinos en Twitter porque este lloró en su despedida como ministro: “Ni para irse tuvo huevos”. Os ahorro la polémica, no vale ni para un resumen.
También sabréis de los morritos de Leire Pajín invocados por el alcalde de Valladolid, del que también obvio por engorrosa y redundante la literatura que sigue generando.
Pero además coincidieron ambas con las revelaciones del setentón Sánchez-Dragó sobre sus aventuras sexuales con niñas japonesas de 13 años, recuperadas ahora junto a su colega Boadella en un libro y defendidas por la mismísima Esperanza Aguirre, que se niega a cesarlo de su suculento cargo en Telemadrid. Los detalles, por ejemplo, aquí.
No acaba en estos padres de la patria la lista de desahogos verbales o conductuales. Alfonso Guerra (posicionado al lado de Tomás Gómez en las primarias de Madrid) se burló de la señorita Trini. O un poco antes, el todopoderoso Blanco afirmó que se le ve el plumero a Rajoy.
Y tantos otros ejemplos de más de lo mismo o parecido. Es interesante comprobar el revuelo que arman tales historias, como si nos afectasen de manera muy directa y nos empujasen a posicionarnos a favor o en contra. Será porque es una polémica que al fin entendemos, en una época confusa y ambigua donde el PP se declara el partido de los trabajadores, el príncipe traslada en persona el respeto de la familia real a la viuda de Marcelino Camacho o el gobierno socialista de Zapatero ejecuta políticas económicas del FMI.
Los insultos y las bravatas de corte machista al fin nos invitan a opinar y debatir.
Dragó y Pérez Reverte comparten su reivindicación del pasado. El primero se nos va a la España mítica de los orígenes o a las culturas milenarias asiáticas, y el segundo al siglo de oro o a las guerras de los Balcanes. Entonces había maricones y los machos alfa tenían cojones. Y es que el presente se está poniendo pesado: los gitanos tienen derechos y la UE frena la expulsión subvencionada que había puesto en práctica Sarkozy. Se aprueban las bodas homosexuales. La ley de paridad empuja. Nos prohíben fumar en lugares públicos, y las corridas de toros son ilegalizadas. Por si fuera poco, son denunciados más y más casos de pederastia en la iglesia, hasta el punto de que el Papa debe pedir disculpas.
En poco tiempo, se está imponiendo un nuevo código moral, que protege los derechos de los toros, de los no fumadores, de las mujeres, de los homosexuales. Y esto jode. Por esto crece la violencia de género en vez de remitir y por lo mismo la extrema derecha también crece en Europa. Por eso algunos intelectuales o políticos que se las dan de tales asumen una rebelión contra esta nueva cultura (caricaturizada como de lo políticamente correcto) que desprecian desde la contundencia de un lenguaje cargado de resonancias épicas: la guerra, el honor, el sexo, formas de dominio.
Pero se acaba la época del sexo reproductor que mitificaba la familia nuclear como ámbito afectivo natural y ponía a las mujeres, literalmente, a parir. Adiós a la esposa-madre-de-mis-hijos y al estereotipo del hombre semental, que castigaba la homosexualidad como desviación y pecado mortal sin posibilidad de perdón. Por lo mismo, adiós a la iglesia que bendijo durante siglos esta cultura.
La nueva no necesita que un hombre llame mierda a otro por llorar ni menos que se llene la boca con hazañas exóticas de viejo verde. Existe la viagra para este y Twitter para el otro: no ha necesitado batirse en duelo como hubiese hecho el capitán Alatriste. Todo esto es el pasado. Afortunadamente.