Google anunció hace poco que integraría de serie Flash en su navegador Chrome por “problemas de seguridad y eficiencia”: una forma diplomática de admitir que tal como lo proporciona Adobe es problemático.
Hace años que los usuarios de GNU/Linux (creo que también los de Mac) padecemos los efectos de esta política suicida: cuántos cuelgues de Firefox o del sistema, cuántas reconfiguraciones para recuperar el sonido de los vídeos, cuántas actualizaciones frustradas del plugin… Simplemente, Adobe actualizaba un producto comprado a Macromedia sin preocuparse de nada más que no fuese cobrar por un producto que parecía llamado a convertirse en condición y requisito de la misma web.
Algo parecido ha sucedido con el formato PDF, estándar universal de los documentos electrónicos: Adobe ha convertido su lector Adobe Reader en el mayor transmisor de malware, por encima de los programas y formatos ofimáticos de Microsoft.
De forma que en la actual guerra por el vídeo embebido que enfrenta a Flash (Adobe) con HTML5 (Apple, pero también Google… o la FSF desde siempre), Adobe es el primer causante de su actual declive, del que los usuarios de Linux (¿también los de Mac?) nos alegramos: la desaparición de Flash de la web es un alivio.
Como dice otro refrán: de aquellos polvos, estos lodos.