
He seguido durante un rato el debate sobre el estado de la nación que retransmitía en directo La 2 esta tarde. Un cuerpo a cuerpo entre Rajoy y Zapatero en el que se les veía a ambos motivados. Un diálogo de sordos (o de besugos, si preferís) en el que cada uno desarrolla una argumentación y se basa en unas estadísticas que nada tienen que ver con las del otro, consiguiendo así prolongar durante minutos, quizás horas, el absurdo de hablar de lo mismo (la crisis económica española) sin coincidir absolutamente en nada.
Este tipo de patéticos desencuentros ayuda a debilitar la autoridad de los líderes políticos. No por lo que dicen (la exposición de ZP tuvo momentos interesantes por ejemplo al señalar la deuda privada -y no la pública- y el modelo productivo orientado a la construcción como desencadenantes del descalabro financiero español; Rajoy por su parte es buen orador) sino por el desprecio que cada uno exhibe a las opiniones del otro, que se supone representa a millones de ciudadanos. Por la prepotencia y la previsibilidad de un discurso invariablemente (aburridamente) maniqueo.
En fin, a lo que iba: ¿por qué aplauden, hoy en especial, los señores diputados, como si estuviesen asistiendo a un torneo medieval o a un combate de boxeo? ¿De verdad un líder necesita tal cantidad de incienso? ¿Cinco millones de parados merecen tantos aplausos?
Urge modernizar la política. Como espectáculo resulta bochornoso. Esta forma de jalear al jefe tiene algo de fascista. A no ser que pretenda ser un remedo de un montaje teatral o un show mediático, y en este caso necesita un lavado de cara y una reescritura a fondo del guión. Para que al menos no resulte tan impostado.
Foto: Álvaro García

Sus señorías han sido obligados a renovar su móvil, teniendo que elegir entre el terminal de Apple o el de RIM y a cuenta de nuestros impuestos: 400.000 euros contratados con Movistar para que los representantes del pueblo estén bien comunicados ¿con quién?
No tiene valor jurídico pero el memorandum (