Lo mismo que pasa con el bilingüismo (siempre un idioma predomina sobre otro), la “guerra de los navegadores” reactivada por Google Chrome puede llevarnos a un escenario donde sea habitual el uso de dos navegadores: uno sería el de diario, y el otro el de las ocasiones especiales.
Pasó la época en que los usuarios de Microsoft desconocían que existiese otro navegador que no fuese IExplorer: ya no son aquel público cautivo. Pero también queda atrás el tiempo en que los usuarios alternativos se aferraban al navegador antiMicrosoft: Netscape, Opera.
Se acaba la guerra fría entre el Imperio y el lado oscuro. Adiós al bilateralismo, bienvenido el multilateralismo. Apple ha contribuido homologándose a Intel y haciendo compatible su software, y Mozilla ha derrumbado definitivamente el muro de Berlín: Firefox cruza fronteras.
La diversidad de la oferta (la competitivad, al fin) nos lleva a los no maqueros a probar Safari. Y a los fieles de Firefox, a jugar con Flock o Chrome.
En mi Mac tengo instalados Safari (off course) y Firefox. En un Windows XP, IExplorer 7 y Firefox. Y en Ubuntu, Firefox y Opera: en los tres casos funciono de acuerdo a este principio dual. Un navegador de batalla (Firefox) y otro para casos puntuales: cuando falla el primero, por ejemplo.
La llegada de Chrome empuja a muchos usuarios de software libre a plantearse compartirlo con el Firefox de sus amores. Pero, ¿qué pasará cuando el navegador de Google vaya incorporando extensiones y todo tipo de plugins?
Si es cierto que vamos hacia una sociedad multilateral, flexible y cambiante, es lógico que la conducta en el ámbito informátrico se contagie: cada vez habrá menos fanáticos de un determinado sistema operativo, de un navegador en concreto.
Estamos abiertos a probar. Y a comparar. Ello puede llevarnos a instalar dos o tres navegadores entre los usuarios intensivos. Una opción que quizás se popularice, en la medida en que se extienda la cultura digital entre los internautas.