
El atentado perpetrado en Noruega nos ha inundado de declaraciones, testimonios, fotos, reportajes. El asesino está incomunicado pero los medios nos ofrecen el resultado de su masacre. He visto que en los últimos días aparecen las imágenes de casi todas las víctimas mortales: muestrario de sonrisas truncadas.
Y recuerdo el todavía reciente episodio de la ejecución de Bin Laden. EEUU ha recurrido nuevamente a su estrategia mediática de robar a la opinión pública toda muestra de un episodio considerado crítico. La guerra del Vietnam significó el fin de la inocencia informativa; desde entonces no hay soldados heridos ni mutilados ni muertos del ejército norteamericano. La guerra se convirtió en operación quirúrgica, que en toda caso es narrada con la asepsia de los hospitales. Lo mismo con Bin Laden: sin fotos ni vídeos ni siquiera cuerpo. Un paternalismo dirigido a mantener las operaciones militares a salvo de debates y sentimientos: ojos que no ven, corazón que no siente.
El caso noruego es la antítesis de este tratamiento. Lo ha dicho el primer ministro: “nuestra respuesta será más democracia”. O sea: más transparencia.
Saber, conocer, como antídoto contra la barbarie. La memoria histórica: la única forma de evitar la repetición de un desastre es recordarlo. No olvidar. Esto es lo que hizo Simon Wiesenthal, el incansable perseguidor de nazis.
En el fondo se trata de dos modelos que igualmente podemos encontrar enfrentados en estrategias educativas y políticas. Una pretende mantener al niño (al ciudadano…) en un infantilismo bajo la excusa de protegerlo. La otra, proporcionarle el contacto con el mundo como forma de maduración.



