
A la gente suelen molestarle las manifestaciones sobre todo si son juveniles por cuanto tienen de desorden. Sin embargo en esta ocasión las múltiples acampadas han generado un apoyo casi unánime entre la población. Y no solo por el fondo (¿a quién no le quema y cansa la corrupción política, el paro, la falta de vivienda, los abusos bancarios…?) sino por la forma.
Para mí esta por ahora es la verdadera revolución: la expresión pacífica, masiva y multilateral de un rechazo radical a la forma en que partidos y mercados gestionan la sociedad actual.
Este movimiento asambleario y multicolor ha conquistado la simpatía de la opinión pública (entre la que cabe incluir a muchos periodistas, jueces, artistas, políticos y demás) por la discreción con que está usando su fuerza, por la inteligencia con que dirige su estrategia, por el sentido común que aplica a su resistencia. Por su anonimato.
Paradójicamente, la gente (tan orientada a la adoración de famosos: futbolistas, actores, cantantes, belenesesteban…) se siente especialmente identificada con movimientos despersonalizados y espontáneos como si fuesen un regreso a la autenticidad, tan manipulada por la tele y la publicidad: los acampados son como nosotros.
Hay algo romántico (como en este gusto tan urbano por la tranquilidad del campo, o el espectáculo de la naturaleza) en esta corriente de afecto hacia los indignados, que nos devuelven la confianza en un sistema sin intermediarios ni líderes: el poder del pueblo en estado puro y originario.
Este carácter regresivo proporciona un alivio a nuestra vivencia estresada, liberándonos de un horizonte cargado de mediocridades cotidianas y grandes fiascos. Faltan líderes en esta compleja época de transición desde un modelo nacional a otro global. La detención por abuso sexual de nada menos que el director del FMI (máxima autoridad económica internacional) se produce como el más expresivo de los ejemplos de la abrumadora falta de confianza en las instituciones. La popularidad de los dirigentes políticos baja (y Obama solo la recupera mediante una ejecución sumarísima que puede considerarse terrorismo de Estado), y los mercados se esconden tras el anonimato de los consejos de administración.
El poder de los bancos se ha hecho opaco (no tiene caras), de ahí que la opinión pública se ensañe con los políticos (sus caras inspiran descrédito) ¿Dónde están los líderes que nos guían hacia un mundo global donde no solo pueda circular libremente el capital como ahora sino también las personas?
El movimiento de los indignados atrae porque no ha entrado en el juego de proponer líderes: la gente no los soporta por lo que tienen de impostados, de cansinos. Hace tiempo que ha transferido su capacidad de admiración desde el ámbito religioso, político, sindical o educativo hacia el escaparate del espectáculo: deportistas, especialmente. ¿Algún lider social supera en fiabilidad a Rafael Nadal?
Los indignados se resisten a promocionar lideres, quizás como estrategia que preserva su distancia frente al combate partidista y la lucha electoral. Pero pasado el 22M tendrá que decidir. ¿Pueden seguir reclamando cambios si no tiene interlocutores que los expliquen, clarifiquen y prioricen? Este es seguramente el principal reto que les espera a partir de pasado mañana.


