
Todos los imaginarios nacionales se construyen contra un enemigo necesario. La cohesión de la Nación-Estado (este invento moderno que tanto costó apuntalar y que ahora está en crisis, desfasado y desbordado por la economía global) se fortalece con un adversario, representante simbólico del Otro. Así la(s) nación(es) enemiga(s) sirven para definir y sentir mejor la identidad propia.
El episodio de Srauss-Khan lleva camino de incorporar una lectura nacional. De la primera versión (construida apresuradamente a partir de tópicos clasistas, racistas y sexistas: el hombre blanco millonario y poderoso que abusa de una mujer pobre, inmigrante y negra) estamos pasando a otra político-policial (la camarera al servicio de una trama conspiratoria para quitarse de en medio a un director del FMI incómodo para el gran capital y al candidato socialista que iba a vencer a Sarkozy en las próximas presidenciales del 2012)
Pero queda la tercera fase: Strauss-Khan, víctima francesa del puritanismo judicial norteamericano. París, capital del amor, perdona los deslices sexuales y respeta la privacidad masculina: ahí están los casos de Giscard que le puso habitación y cama a Brigitte Bardot en el palacio presidencial para sus encuentros, o el de Mitterand manteniendo dos familias simultáneas durante años.
Strauss-Khan, mujeriego confeso y con episodios anteriores de acoso sexual, es defendido activamente por su actual esposa. No hay escándalo en Francia sino el nacional: uno de sus más brillantes compatriotas ha sido humillado por la justicia de EEUU.
De esta forma, Strauss-Khan podría volver a su país en olor de multitudes, aclamado como víctima de la intolerancia gringa. Recordemos que Francia es el país europeo más antinorteamericano (¿seguido de España?)
Algunos de los líderes socialistas ya han manifestado su postura favorable a la inclusión de Strauss-Khan en la lista de candidatos a las primarias que celebrará el partido en unos meses, para recuperar al enemigo que más teme Sarkozy: París bien vale una misa.





