Busco el periódico matutino en el bar para acompañar el café con leche que inaugura la jornada, laboral o no: ritos de un tiempo en que la prensa nos ponía al día. Disfruto este primer momento del día pero a veces me siento ridículo comprobando que la mayoría de noticias que leo son anticuadas. Hace diez horas o más que las descubrí en blogs y prensa digital. En Internet.
Un sentimiento parecido se activa cuando veo las noticias en cualquier telediario, una costumbre igualmente heredada de los tiempos offline pero que he reducido de forma radical. Me aburre el discurso, organizado secuencialmente (al menos el diario puedo leerlo en el orden que me da la gana) y previsible, que me obliga a adoptar un rol pasivo, de consumidor sin más derechos que el zapping.
Revivo tal absurdo cuando estoy pendiente de alguna noticia. Pongamos, como ejemplo trivial, de un resultado electoral o futbolístico. ¿Qué sentido tiene esperar a que se emita puntualmente el parte informativo de la televisión (todos los canales a la misma hora) o hasta la prensa de la mañana siguiente?
Y esto me lleva a mirar con asombro a cuantos están conectados al mundo mediante revistas, periódicos, televisión y hasta radio, este medio ágil y cercano que sin embargo también es unidireccional.
La pregunta que me hago: ¿cómo puede toda esta gente aceptar la esclavitud de una información diferida y secuencial?