Recuerdo una anécdota contada por Jordi Solé Tura, años después de haber formado parte de un gobierno de Felipe González. Estaba reunido un Consejo de Ministros a punto de tomar decisiones importantes en materia económica, cuando llegó la noticia de un movimiento imprevisto de la Bolsa en una dirección contraria a la que contemplaban; inmediatamente los ministros corrieron a comprobar la dimensión del terremoto bursátil y replantearon su estrategia para adaptarla al nuevo panorama recién definido. No fue la única ocasión en que los ministros modificaban sobre la marcha sus planes a la vista de convulsiones en los mercados financieros. Acababa Solé Tura citando el dato de la cantidad de millones (¿eran billones?) de dólares que se mueven diariamente en las bolsas internacionales como ejemplo de la impotencia que tantas veces experimentó siendo ministro.
Fue sincero, como no lo son los políticos mientras están en activo, empeñados en presentarse como actores protagonistas en el ejercicio del poder cuando no son sino actores secundarios desde hace varias décadas. Hoy eso que llamamos el mundo está gobernado por los mercados. No los mercados donde se compran y venden productos industriales de marcas y fabricantes reconocibles, sino los mercados que compran y venden dinero: los mercados financieros. Esos a los que hay que inspirar confianza (Felipe González dixit) para que no ataquen nuestra economía nacional como hicieron con la griega.
Esos mercados opacos a base de ser líquidos y volátiles, que se transforman a la velocidad de la luz como si fuesen la energía de la fórmula de Einstein. Los mercados no sólo gobiernan sino que crean la realidad: deciden dónde habrá riqueza y desarrollo y hasta cuándo. Una realidad mutable y por lo mismo inasible, esa que cada vez más nos contagia el estrés de la deslocalización, el paro y ahora la recesión.
Frente a esta realidad contundente (basta repasar los balances anuales de los bancos; los que no cierran, porque si van mal, el Estado acude presuroso a tapar el agujero) pero agilísima, ahora oponen la suya los sindicatos.
Una realidad que quema toda su energía en reuniones, manifestaciones, amenazas retóricas y victimismos. Una realidad pesada y burocrática, fundamentada en el esquema decimonónico del centralismo democrático y que demuestra su inoperancia cuando retrasa la famosa huelga general a finales de verano.
Mientras los mercados se mueven a la velocidad del rayo sin apenas ser vistos, los sindicatos necesitan cuatro meses y cientos de declaraciones en los medios para convocar un día de huelga.
Demasiada diferencia. La partida se presenta patéticamente desigual.
