
Las redes sociales basan parte de su éxito en la falta de compromiso. No hace falta que contestes a un mensaje, no hace falta que conozcas al amigo que te solicita que le agregues, no hace falta que escribas o subas nada durante semanas, no hace falta que cuando escribas tenga que ver con algún hilo de conversación abierto…
La ausencia de compromiso viene a satisfacer dos necesidades (casi urgencias) ciudadanas de nuestra sociedad postmoderna: la falta de tiempo (mejor: falta de disponibilidad) y la búsqueda de confort. En realidad es la economía líquida y global la que impone tal falta de compromiso como valor: al contrario de lo que sucedía en la sociedad sólida de los tiempos modernos en que la lealtad a la empresa se potenciaba y premiaba, ahora el neoliberalismo financiero impone unas condiciones (deslocalización, trabajo precario, subcontratación…) que promueve la adaptabilidad como valor superior a la lealtad. De ahí el aluvión de mensajes del tipo “vive el presente” o “no hay más realidad que la de hoy”, verdadero sustrato del imaginario publicitario.
La precariedad laboral y un consumo en permanente renovación (obsolescencia programada) fomentan la vivencia de provisionalidad tan común hoy día. Un cortoplacismo que se compensa con un programa hedonista de disfrutes inmediatos. Divorcios y relaciones breves, como consecuencia de este estilo de vida en el ámbito afectivo.
Las redes sociales han establecido un modelo de comunicación basado igualmente en la fugacidad de la inmediatez. Una forma de promiscuidad sin peligros, donde los conflictos se diluyen en la marea de actualizaciones donde triunfa el botón ME GUSTA por lo que tiene de minimalista. Sin olvidar que colabora en la creación de un escenario optimista (un mundo feliz) donde la negación y la crítica no vienen implementados de serie.
El movimiento del 15M ha conseguido sorprendentemente superar algunos de estos límites. La permanencia es, para mí, uno de sus grandes éxitos. Que viene a romper con la dinámica consumista de una juventud al parecer solo movilizada para acciones cortoplacistas y hedonistas: el botellón como ejemplo tópico.
El botellón o las macrofiestas son la celebración masiva y ritual de la falta de compromiso de la juventud actual, una fiesta iniciática donde se cortan amarras con el paro juvenil, el calentamiento del planeta, la corrupción política o la mercantilización de la democracia.
De golpe, los acampados del 15M reivindican la permanencia del compromiso, algo insólito en nuestra época que se alimenta de estímulos permanentemente renovados.
Su indignación, también es este aspecto, se parece a la de Stephane Hessel, un veterano de la Resistencia que invocaba la necesidad de recuperar la cultura del compromiso.
Dejo para otro artículo el análisis de la descentralización. Una estrategia insólita por cuanto mantiene vivo un movimiento al margen de las estructuras aprendidas: centralizadas, además de verticales o jerárquicas. No solo las iglesias, los partidos o los bancos funcionan de acuerdo a estos principios: también Facebook y Twitter son redes centralizadas.
Imagen: Pedro Armestre (AFP)