Uno no cambia de familia. Aunque se distancie o incluso se lleve mal con algunos de sus padres o hermanos, no se echa en brazos de otra familia: no existen las familias adoptivas más que en casos de abandono legal, y no lo tienen fácil. Y es que venimos de una sociedad endogámica, vertebrada en torno a la familia como núcleo socioafectivo pero también laboral (negocio familiar, oficios heredados) y económica (economía doméstica compartida y centralizada, casa común…) que nos recuerda la estructura tribal de las sociedades primitivas.
Este tipo de asociación (cerrada y obligatoria) está cambiando a manos de una economía globalizada que impone la deslocalización y por ende el trabajo basura, pero también por la adecuación de las pautas morales, estéticas y conductuales a esta economía financiera y especulativa que llamamos líquida por resultar inasible: liberación sexual, consumismo, individualismo, fusión y mestizaje o eclecticismo, hedonismo: un relativismo que incluso nos permite ser católicos sin ir a misa ni obedecer al Vaticano en su doctrina sexual que prohíbe cualquier método anticonceptivo.
La familia, como las iglesias o los partidos políticos, están basados en la fidelidad. También era un valor en la economía capitalista anterior a la era postmoderna; hoy día, sin embargo, un trabajador que lleve décadas en la misma sucursal desempeñando el mismo trabajo es sospechoso. La economía líquida actual exige movilidad y reciclaje, la disponibilidad y la adaptabilidad han sustituido a la fidelidad, un valor estático que choca con el dinamismo imprevisible del mercado global.
Algo parecido experimentamos en Internet, un ámbito demasiado infinito (perdón por la paradoja fácil) como para comportarnos con pacata fidelidad. La red es el paraíso del zapping donde navegamos sin rumbo, empujados por los mismos estímulos que en forma de enlaces nos ofrece cada sitio que visitamos.
En este sentido, la red es una invención postmoderna: virtual y lábil, ajena al principio dogmático de la autoridad centralizada, y en cambio permanente.
Tal infidelidad natural tiene su repercusión en la selección de nuestras preferencias en la red. Dejando de lado el alto grado de arbitrariedad o azar que condiciona el conocimiento de unos determinados sitios o blogs, la propia mutabilidad de Internet nos lleva de aquí para allá. A veces me doy cuenta de que lectores fieles de este blog ya no dejan comentario alguno desde hace un tiempo, desaparecidos sin dejar rastro como hago yo también a veces con los que leo asiduamente durante un tiempo.
Durante un tiempo: provisionalidad en vez de infidelidad, si preferís. Vivimos tan rápidamente y con tal saturación (bombardeo, mejor) de estímulos que nada tiene tiempo de asentarse y echar raíces, si no es por intereses muy concretos. Los blogs que leemos, pero también a veces la pareja, el amigo: todo tiende a la provisionalidad o en todo caso al encuentro puntual o discontinuo. Hemos superado lo del “hasta que la muerte nos separe” aunque se siga usando como mentira piadosa para completar la decoración de un día: en España ya hay más parejas separadas que parejas fieles al compromiso original. Eso quiere decir que la infidelidad (sin entrar en intimidades de las parejas que se mantienen unidas) ya es la norma mayoritaria. Es normal.
De ahí que el imaginario colectivo (hablo de series, películas…) tiendan cada vez más, a pesar de su obligado conservadurismo, a disculpar todo tipo de infidelidad.
Ante la inseguridad que crea este escenario nos queda el referente de la familia, una relación a la que hemos blindado por encima de la evidencia (familias monoparentales, estructuras abiertas con padrastros/madrastras de segunda y tercera mano…) para dotarla de un estatus, aunque virtual y casi místico, de permanencia.