
Esther Vilar escribió su famoso ensayo El varón domado en 1971, poco antes de que se iniciase la actual era postmoderna. Entonces todavía no se había consumado el fin de la guerra fría ni la caída del muro de Berlín y del imperio soviético con la consiguiente llegada del pensamiento único y la ilusión del fin de la historia. Desde entonces hemos asistido al progreso imparable pero confuso de la globalización, a la popularización de Internet y a toda una serie de cambios éticos y estéticos que definen buena parte de nuestros valores: relativismo y hedonismo individualista, entre los más evidentes.
La ideología ha sido sustituida por la economía o la tecnología: el descrédito de los partidos corre parejo a la desaparición de debates en nuestra sociedad desarrollada postmoderna. Al contemplar cómo estos días millones de personas salen a la calle arriesgando sus vidas en los países árabes en defensa de libertad, justicia y trabajo, nos damos más cuenta de nuestra apatía colectiva: ¿cuál ha sido nuestra respuesta al desvarío de bancos y gobiernos que nos han llevado a una crisis económica devastadora?
Esta aparente indiferencia es resultado de una conducta orientada al consumismo individual, pero también a la decadencia de los clásicos dinamizadores de grupo y promotores de valores como eran la iglesia, los partidos o los sindicatos.
Y dentro de este debilitamiento que sustituye la cultura de la discusión por la cultura de la adhesión (Facebook como ejemplo), se sitúa la generalización del feminismo canónico, vaciado de su anterior beligerancia y reciclado en discurso políticamente correcto. Todos somos ecologistas, todos somos demócratas, todos somos feministas.
Ante la nueva realidad (más compleja por cuanto se han derrumbado las antiguas certezas y ritos), el varón se ha replegado a un territorio que va más allá del sutil dominio ejercido por la mujer, tal como lo retratara Vilar. Ahora las mujeres estudian y trabajan, y construyen y defienden su autonomía, por lo que no están tan ocupadas en domar al hombre mediante estrategias de seducción y manipulación sicológica.
El varón postmoderno, perdido en este nuevo escenario de un neoliberalismo feroz que genera deslocalización, paro o trabajo basura, se abraza al hedonismo individualista que siempre fue su vocación, aquella que alimentaban sus mamás cuando los criaban como al rey de la casa.
El varón actual no necesita ser domado porque no opone resistencia. Va al gimnasio para poner a punto su nuevo rol de objeto sexual, mientras reconoce la superioridad de la mujer en la gestión de la mayor parte de los escenarios vitales: familia, economía doméstica, hijos, organización de viajes… de todo lo que supone negociar con la vida real.
El hombre se ha retirado a sus palacios de invierno, que no son otros que los de la fantasía. Liberado de sus obligaciones como padre autoritario y como guerrero (¿cuántas décadas llevamos disfrutando de una larga época de paz?) en una época en que incluso las mujeres se integran en el Ejército, el varón postmoderno se entrega a la causa regresiva en que se diluye su identidad y sobre todo su futuro: no sabe qué quiere ser de mayor. Mejor dicho, no quiere ser mayor.
Aparece entonces el hombre tranquilo. Este que esconde el ala ante los retos y las responsabilidades, entregado a sus hobbies como los niños a sus juguetes. Y se acentúan dos rasgos, que definen a muchos de los varones postmodernos: el narcisismo (asociado más bien a madres volcadas en una proyección positiva y una sobreprotección afectiva) y la misantropía (asociada a madres desbordadas, sin tiempo o recursos)
El hombre tranquilo, ese que ha pactado con la historia una tregua. La revolución femenina (feminista o no) le resulta ajena.


