
Lo he escrito en femenino pero tendría que haberlo escrito en neutro. Toda familia se basa en una persona que asume el rol de esclav@.
Esta es la observación que llevo confirmando desde hace tiempo: todo grupo familiar tiende a descargar en uno de sus miembros (típicamente, el más débil de la cadena) el trabajo cotidiano que sostiene, en segundo plano, la logística y la infraestructura.
Esta función fue desempeñada durante siglos de familia patriarcal por la esposa/madre. Lavaba, fregaba, compraba, arreglaba, cocinaba. La madre/esposa era la casa, la estabilidad, la seguridad. La referencia en torno a la cual todos los demás miembros (muy especialmente el padre/marido) vivían su propia vida.
La mujer/esposa era la criada. En sentido figurado o real, dependiendo del nivel económico y del carácter del padre/esposo.
Desde hace unas décadas esta función está vacante. No viene de serie con el contrato de pareja o matrimonial. Es cierto que en bastantes casos todavía pervive el esquema tradicional más o menos encubierto, pero esto forma parte del pasado.
La familia moderna no tiene asignado este trabajo porque hoy se considera algo indigno. La conciencia de explotación en el pasado genera el actual rechazo, y nadie asume de forma plena y natural la carga diaria que supone.
La solución, aparte del socorrido recurso de la criada profesional (no importa que sea inmigrante ilegal), consiste en subastar el castigo. Establecer una ronda democrática para asegurarse de que nadie se escabulle, que en la práctica se traduce en un discreto trasvase de pequeñas responsabilidades hacia uno de los miembros (o miembras, Bibiana Aído dixit), como decía, el o la más débil del grupo

