Gonzalo Martín defiende el fin de las televisiones públicas. Son un anacronismo en nuestra época globalizada con tecnología más que suficiente para que el conocimiento se difunda de forma distribuida, libre y fragmentada: el ciudadano con acceso a Internet como creador y distribuidor de un producto realmente público, en vez de inversor obligado via impuestos de un Estado que compite ventajosamente con corporaciones y medios privados.
Se trata de un planteamiento realista, moderno y democrático, obviado sin embargo por los aparatos de unos partidos empeñados en mantener televisiones públicas desde las que ejercer un tutelaje paternalista sobre la población, reforzando al mismo tiempo el valor subliminal de la nación. Por cierto, cada vez más disminuido: véase como el patrimonio identitario que significa la roja tradicionalmente en poder de TVE ha pasado en este Mundial a manos de Telecinco.
La izquierda partidaria de lo público y la derecha partidaria de lo privado coinciden sospechosamente en blindar el modelo de la televisión pública. Por eso me parece especialmente interesante la iniciativa del gobierno británico (asesorado por Tim Berners-Lee, creador de la WWW; Nigel Shadbolt, experto en datos abiertos, Tom Steinberg, y Rufus Pollock, de Creative Commons), motivada por la necesidad de recortes en gasto público que afecta a toda Europa: cerrará un 75% de sitios gubernamentales por despilfarro al tiempo que cuelga más y más datos datos públicos de acuerdo a una nueva política de comunicación abierta y transparente.
Y es interesante el movimiento por venir de un gobierno conservador con participación liberal. ¿El liberalismo partidario de contenidos públicos y acceso gratuito?
Cosas de la crisis, que empuja a soluciones desideologizadas. Falta ver si una vez que hayamos pasado lo peor de la recesión, volverán por sus fueros los discursos macropúblicos que nos han llevado a una RTVE con déficit milmillonario o a los discursos neocon partidarios de la más decidida privatización.

