
Aunque casi todo Internet ya es territorio de niñatos, la programación sigue siendo espacio adulto. Como pasa con los vinos, los programadores mejoran a medida que se hacen mayores: he aquí una de las pocas profesiones donde todavía la experiencia es un grado.
La economía líquida (deslocalizada, global, siempre a punto de cerrar y abrir negocios en función de la vertiginosa lógica financiera) es enemiga de la lealtad, aquella virtud tan apreciada en la economía sólida cuando las fábricas, tiendas e industrias tendían a la consolidación. Hoy se premia la versatilidad y la capacidad de adaptación a unas jerarquías cada vez más difusas y cambiantes. Es lo que Richard Sennett bautizó como corrosión del carácter: inestabilidad, cortoplacismo, ausencia de compromiso.
Mano de obra barata o precaria, tanto da que sea más o menos cualificada.
Pero en este paisaje que arrasa con valores y principios, la programación sigue ahí: nada puede sustituir la inteligencia y la intuición de un buen programador curtido a lo largo de una experiencia de años.
Esto es lo que parece demostrar Peter Knego en un estudio sobre 70.000 desarrolladores (estadísticas completas): la máxima reputación de un programador se logra en torno a los 50 años.
Vía Slashdot
Uno pensaría que esté en torno a los 15 años, a la vista de los cada vez más numerosos niños pegados a su DS o su PSP o de la Wii que comparten en familia.

Más concretamente: nosotros no viviremos mil años. No hemos llegado a tiempo. Hemos nacido demasiado pronto, como también nacieron prematuramente todos los humanos que nos han antecedido y murieron sin conocer la penicilina ni las vacunas. La Humanidad es una carrera contra el tiempo comparable a la evolución de la informática: en desfase continuo. Vencidos indefectiblemente por los avances que mañana deja obsoleta la realidad que creemos disfrutar. Pero puede ser que nuestros nietos vivan cientos de años. Mil años o más.

