
La crucifixión era práctica relativamente habitual en el mundo antiguo, especialmente entre los romanos. Se usaba como castigo extraordinario contra criminales a los que se buscaba humillar públicamente: una forma de subrayar su marginalidad ante la gente que presenciaba el espectáculo.
Jesús es sin duda el personaje más famoso de cuantos han sido crucificados a lo largo de la historia, aunque San Pedro también fue crucificado, en su caso boca abajo. Para conmemorar la pasión de Jesús se celebran las famosas procesiones de Semana Santa, en las que algunos penitentes se aplican castigos corporales como forma de expiación, y diversas recreaciones del vía crucis histórico. En algunos países todavía se mantienen variantes más cruentas, que incluyen la flagelación (recuérdese: un hábito común durante siglos entre los católicos más extremos) e incluso la crucifixión, por ejemplo en pueblos de Filipinas. En San Fernando, al norte de Manila, once penitentes han sido crucificados durante esta semana.
Existen verdaderos especialistas en este tipo tan específico de espectáculo, que repiten año tras año e ingresan en la lista de crucificados más veteranos del lugar. La atracción que despiertan estas crucifixiones públicas generan verdaderas peregrinaciones: hasta 30.000 turistas se desplazaron a San Fernando para contemplar estos ritos, una costumbre atávica reconvertida en simulacro postmoderno.