
El primer debate televisado de la historia enfrentó en 1960 a Nixon y Kennedy, y resultó determinante: Kennedy ganó las elecciones gracias a que funcionó mejor ante las cámaras. Nixon despreció el poder del nuevo medio: acudió con un traje claro y no quiso maquillarse. Venció la imagen y desde entonces los aparatos de los partidos se cuidan muy mucho de aceptar para su candidato un debate en televisión.
Tanto que en Gran Bretaña nunca se había producido hasta ahora. O sea que en pleno siglo XXI, los británicos levantan la censura a la televisión y los periódicos celebran esta serie de tres debates a tres bandas (Brown, Cameron y Clegg) como un acontecimiento histórico. Y curiosamente ha desencadenado un desplazamiento inesperado en la intención de voto: el tradicional sistema bipartidista está amenazado por la irrupción de la estrella Nick Clegg. Por primera vez los liberales tienen posibilidades de conseguir un amplio respaldo electoral.
Clegg es saludado como la novedad que refresca un paisaje aburrido por demasiado conocido. Y es tal la euforia que lo comparan a Obama, un candidato que precisamente basó parte de su campaña en Internet y las redes sociales en vez de en la clásica televisión.
No es extraño pues que aquí Internet o la informática en general sigan equiparados al término Nuevas Tecnologías.
Y toda una demostración del carácter anacrónico de los partidos políticos, máquinas de arañar votos y gestionar cuotas de poder, blindados a aquellos ámbitos de la realidad que todavía no saben controlar.