
Vale que los vampiros puedan autocontrolarse. Al fin y al cabo, tal como los presenta la autora de la saga Crepúsculo, son seres superiores que además de vegetarianos viven aparte de los vulgares mortales. Pero no está tan clara la transformación que han experimentado: los actuales nada tienen que ver con los originales.
Un refrito muy postmoderno de una cultura en la que todo vale: mashups, fusión, sincretismo como fórmula que reorganiza viejos recursos para someterlos al laboratorio de lo bizarro.
No importa que justamente el vampiro fuese una criatura asociada con la sensualidad más irracional y perturbadora por sus primeros creadores del siglo XIX, de Bram Stoker en adelante. Entonces dominaba una moral puritana, y el vampiro personificaba un ansia oculta de liberación.
Hoy, sin apenas tabúes ni represiones sexuales, resulta atractivo por lo insólito el modelo contrario.
Juego de perspectivas, remezcla de elementos. ¿Cómo si no se explica el triunfo arrasador de una saga que impone un modelo machista como es el de Crepúsculo en una época feminista?
En una sociedad sin valores, sustituidos hoy por sensaciones extremas de consumo fugaz, los prototipos son sometidos a una combinatoria que tiene más que ver con la forma que con el fondo. Crepúsculo propone un modelo machista y conservador, pero ello no implica sino que la escritora y la serie cinematográfica han sabido explotar un mundo chocante capaz de movilizar sensibilidades adolescentes.
Y sin conflictos: la moral sexual impuesta por los vampiros (en realidad, reencarnaciones del Superhombre de Nietzsche pasados por el código de un romanticismo monjil) coexiste sin problemas con la moral sexual dominante, permisiva y promiscua.
Avatar insiste en un modelo socioafectivo totalmente extento de sexualidad. Otro título de éxito masivo, que por tanto podría remitirnos a un rebrote de la moral puritana de la era Bush.
Los na’vi no se besan, y la película no recoge la típica escena de sexo entre Jake y Neytiri por mucha atracción que destile su relación.
Otra vez el modelo fraternal, ajeno a la pulsión y la libido, como en Crepúsculo
La adopción de esta moda asexuada tiene que ver en mi opinión con dos referentes bien distintos a la moral, la religión o una ideología conservadora que recupera el eterno femenino del príncipe azul.
Se relaciona con:
1. La militancia higienista de una época abocada al culto al cuerpo, la dieta, la cirugía, los masajes, el gimnasio. La salud como forma suprema de confort. Y desde este punto de vista el sexo tiene algo de peligroso, léase SIDA. El sexo seguro como garantía. En realidad, la prevención contra un sexo amenazador es expresión de otros miedos más profundos y característicos de esta época, desbordada por la crisis del modelo capitalista y enfrentada a los peligros del cambio climático, las migraciones masivas o la economía deslocalizada generadora del trabajo basura.
2. La popularización de un género cinematográfico adolescente para todos los públicos. Adolescente porque este es el segmento que más cine consume y al que hay que satisfacer: efectos especiales, situaciones extremas, banda sonora impactante, montaje de videoclip. Pero también para toda la familia, para no encerrar el producto en los límites de este mismo segmento, convertido en motorizador del consumo familiar. los papás y los hermanos pequeños pueden ir también a ver la película de Cameron.
Un dato: Avatar sí contiene escenas de sexo, pero quedaron fuera de la versión comercial. Se incluirán en el DVD correspondiente, una vez conquistada la taquilla.