
El movimiento ha sobrevivido un mes y seguramente hoy domingo (Toma la calle) saldrá reforzado, por mucho que las actuaciones violentas en Valencia o Barcelona hayan sido aprovechadas por medios y políticos (a veces parece que no hay diferencia entre unos y otros) para desprestigiarlo.
Parte de su fuerza está en la verdad en la que se basa: ahí está el paro masivo, los balances millonarios de los grandes bancos, los recortes sociales, los políticos corruptos… datos que comparten la gran mayoría de ciudadanos. No hay proselitismo ni subvenciones en una campaña espontánea que despierta complicidades de forma natural.
Pero también se refuerza por una gestión radicalmente apartidista.
Muchos nos solidarizamos con esta indignación y esta necesidad de cambio. Compartimos una actitud pero con el tiempo será necesario traducir el asamblearismo y la presencia en las calles por algún tipo de programa. Reivindicaciones concretas y jerarquizadas, condiciones que permitan valorar el avance de la lucha, a no ser que se quiera quedar en presencia testimonial casi folklórica, ajena a la dialéctica de la realidad.
Particularmente creo que el movimiento (o movimientos, ya que confluyen distintos) necesita de portavoces que no líderes. Al menos líderes en el sentido tradicional (carismáticos, etc). Por ejemplo, Debian (uno de los mejores ejemplos del software libre) se rige mediante un liderazgo rotatorio decidido en asamblea.
Lo hemos visto estos días, en que han salido varios autoproclamados portavoces para desmarcarse de los últimos incidentes violentos.
Pero sobre todo necesita explicitar las reivindicaciones. Millones de personas simpatizan con el 15-M pero pocas se pondrían de acuerdo en su contenido, más allá de un genérico “cambiar la política” o “que haya más trabajo” o “que los bancos no nos exploten”.
Sin renunciar a su carácter radicalmente alternativo que afortunadamente les aleja de su reconversión en (otro más) partido político, el movimiento 15-M ganaría en consistencia si tradujese su indignación en propuestas o exigencias concretas, que obligasen a gobernantes y demás a una respuesta.
Por ejemplo: supresión de paraísos fiscales. O implantación de listas abiertas que acaben con el oscurantismo tras el que se blindan los aparatos de los partidos. O la supresión de la ley d’Hont que castiga a los partidos minoritarios y fomenta un bipartidismo antinatural. O legalización de la dación de la vivienda como forma de liquidar una hipoteca… Etcétera: propuestas votadas en asamblea y consensuadas, que contengan este espíritu de cambio como forma visible de presión contra una realidad abusiva contra la que se rebela de manera responsable, realista y contundente.


“La gente no debería temer al gobierno. El gobierno debería temer a su gente. Nosotros somos el pueblo. Nosotros somos el único sistema.”
Anoche pasé por Intereconomía antes de acostarme, una ventana a la caverna para tomar la temperatura a la derecha que viene. Estaban con el gato al agua y encontré a los tertulianos (y todavía más al ínclito moderador, por cierto el mejor orador con diferencia de cuantos pasan por la mesa) especialmente contentos. Sin sombra de esta amargura que los mantiene vivos, se les notaba relajados como se queda uno después de una contundente victoria sobre su adversario. ¿Por la victoria de un PP de cuyo líder siguen dudando? ¿Por la derrota de un PSOE que se ha desembarazado de su principal lastre para abrazar a un Rubalcaba que la derecha observa con inquietud? No: su alegría tenía que ver con la situación de los acampados. Parece que se ha abierto la veda para la caza mediática de los rastas autogestionarios, tal vez porque han agotado el ciclo que cualquier medio por muy progre que sea puede dedicar a la actualidad, y los de Intereconomía se despachaban a su gusto. Que si se están produciendo violaciones y abusos sexuales por las noches. Que si campan enormes ratas a sus anchas entre la suciedad: imágenes que retratan la decadencia de un tutum revolutum que nunca debería haber consentido un gobierno de verdad.
La manifestación convocada por la plataforma