
Fui con las niñas a ver Los Pitufos (The Smurfs) y me encontré con una transposición del escenario clásico (ya saben: un producto belga, o sea europeo) a la geografía norteamericana: Nueva York como centro del mundo, encargado de reelaborar el imaginario universal procedente de todas las culturas provenientes de más allá de sus fronteras. Lo mismo pasa con Tintin (ya saben, un producto belga, o sea europeo)
Pero no quería hablar de Peyo ni de Hergé pasados por el turmix gringo sino del padre.
Nada tiene que ver el padre actual, emergiendo de una cultura empapada de cierto feminismo y acosado por un cambio radical del modelo familiar, con aquel al que se dirigía amargamente Kafka en sus Cartas al padre: en menos de 100 años el mundo occidental ha barrido el modelo patriarcal, aquel en el que el padre gobernaba al estilo del Estado absolutista un grupo humano cerrado con mano de hierro aunque a distancia. De la proximidad (física, alimenticia, afectiva…) se ocupaba la madre.
La crisis de este padre autoritario secular puede encontrarse en muchas películas de los años 80 y 90 hasta crear todo un género que hoy día sigue produciendo títulos. Me acuerdo por ejemplo de Un padre en apuros (1996), protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Todas ellas cuentan las peripecias de un papá imperfecto que se esfuerza por redimirse ante la mirada decepcionada del hijo que vive con la madre. A veces ni siquiera es necesario el divorcio o la separación para que el niño viva esta decepción y empuje al padre a reivindicarse.
Pero las últimas películas infantiles que he visto apuntan a otro modelo. En lugar de padre torpe que busca acomodo en un rol que le desborda, me he encontrado con padres que lo asumen con aparente naturalidad y consciencia.
Buscando a Nemo (2003) puede considerarse una obra fundacional. El esquema clásico (el hijo que busca con angustia en su interior la figura de un padre protector y justo que muchas veces no encuentra) se invierte. El padre busca al hijo.
Aparte de la ausencia de madre (un dato argumentalmente inimaginable hasta hace muy poco), Marlin se muestra como un padre responsable y eficiente, otro dato argumentalmente inimaginable anteriormente que volvemos a encontrar en Kung-Fu Panda (2008). Pero lo más significativo es la angustia que le genera el cuidado del hijo. Tanto es así que se convierte en motor de toda la película.
La búsqueda de Nemo a través de los océanos (el inconciente) es la escenificación de una angustia interior: ¿seré capaz de cuidar a un hijo?
El padre voluntarioso y aplicado pero internamente inseguro. El aprendiz de padre. El padre impostado, sustituto, que debe asumir el rol materno como pasa en Nemo y Kung Fu Panda 2 (20011)
También estos Pitufos orientan su carga simbólica hacia la reconstrucción de la figura del padre, uno de los elementos más comunes en las películas de animación dirigidas al público más o menos infantil. El personaje decisivo del grupo es Papá Pitufo, guía y mentor del protagonista masculino, un joven ejecutivo a punto de ser padre. Como le pasa a Shrek en la cuarta y definitiva entrega de la serie, tiene su momento de duda cuando reniega de los pitufos (por extensión, del bebé a punto de nacer), aunque con un resultado menos traumático que en Shrek 4


Estoy leyendo sobre Lacan: introducciones, estudios, acercamientos y tal. Textos que me permiten familiarizarme con su terminología (en ocasiones confusa por cuanto se solapa con la clásica de Freud, en ocasiones hermética por su afición a los neologismos y juegos de palabras) y confío en tener ánimo y fuerzas (algunas empresas intelectuales exigen un cierto entrenamiento, una musculatura intelectual) para leer al menos alguno de sus textos fundamentales.
Votar se está volviendo cada vez más difícil, más absurdo. Ahora mismo el PP sube como la espuma y arrasa en encuestas tras haberse metido en el bolsillo la gran mayoría de autonomías, pero su líder no levanta cabeza. Rajoy pasea una valoración negativa que no hay forma de desenterrar, pero basta verlo sonreír desde el anuncio del anticipo de las generales para entender que no le importa.
No tengo ganas de polemizar. Para los interesados en la cruzada publicitaria de Google contra los demonios del sexo, me remito al culebrón que en su día 
