Rupert Murdoch es algo así como Ciudadano Kane, la reencarnación de William Randolph Hearst: magnates de la comunicación, emperadores de los medios. Empresarios que han convertido el quinto poder en una máquina de enriquecimiento personal sin límites y en un ejercicio caprichoso de su propia ambición.
Acaba de cerrar un periódico centenario, News of the World, porque el escándalo de las escuchas ilegales lo ha barrido de los kioskos y el Parlamento inglés: el primer ministro David Cameron había fichado a su editor como jefe de prensa.
News of the World forma(ba) parte de las propiedades de Murdoch, pero el vaquero mediático no se ha dado por aludido ante las tácticas mafiosas recién descubiertas. Al contrario, ha viajado a Inglaterra para acelerar la compra del operador británico de televisión BskyB. El negocio es así.
También Murdoch financia iniciativas contra la política de Obama, al que considera enemigo de sus intereses: la política, por lo visto, forma parte de sus competencias empresariales. Pelea contra Google, al que acusa de parásito del periodismo serio, e incluso lidera una cruzada contra la Internet que conocemos: demasiado libre y abierta para su gusto. Para sus ambiciones.
Ello no quita que haya invertido en la web, que pretendía moldear a la medida de su imperio. En 2005 pagó casi 600 millones de dólares por MySpace, la red social entonces de moda antes del boom de Facebook, y ahora acaba de venderla por solo 35 millones.
Tampoco importa. A sus 80 años (nació en 1931 en Australia) no para: el mundo es medio suyo. Por ejemplo, nunca se ha molestado en desmentir el tópico tantas veces repetido que los gobiernos de Gran Bretaña (desde Thatcher a Cameron pasando por Blair y Gordon Brown) han sido una extensión de sus negocios, y los distintos primeros ministros algo así como consejeros delegados con poderes que él administraba.