
Hoy llega a Málaga en jet privado Van Nistelrooy para pasar el chequeo médico y ser fichado por el club del jeque Al-Thani: esta es una noticia tipo de cómo funciona el fútbol postmoderno. Un espectáculo mediático en manos de grandes inversores que se mueve a corto plazo tal como hace el mercado financiero.
Aunque mantiene el espíritu identitario (quizás el único que sobrevive a la globalización) como marca que explota el sentimiento de los espectadores, el fútbol postmoderno es una inversión que cada vez con más frecuencia cotiza en Bolsa y evoluciona de acuerdo al capricho de sus propietarios de turno, normalmente nuevos ricos que encuentran en los grandes clubs una forma relativamente barata de satisfacer su ego o de conseguir una visibilidad pública difícilmente equiparable a otros escaparates.
En España ya son clubes reconvertidos al nuevo esquema el Getafe, el Racing y el Málaga. Pero también el Madrid evoluciona en este sentido: la despedida de un histórico como Valdano certifica la deriva madridista, que ha optado por una solución competitiva de urgencia con que satisfacer las prisas de Florentino Pérez.
Frente a este modelo neoliberal, el Barça se presenta como un club anticuado. Defensor de valores, de la tradición, de un estilo implantado en La Masía ajeno a los vaivenes del circo mediático o de los caprichos del entrenador mediático recién llegado.
Fidelidad, equipo, grupo, institución. Nada que ver con el eclecticismo estético ni el pragmatismo desideologizado ni el cambio permanente característicos de nuestra postmodernidad.
Anomalía histórica de un modelo que sin embargo ha conseguido el reconocimiento como el mejor equipo del mundo.
Gracias a un fútbol de toque, elegante e intenso, que impone en cualquier campo una filosofía propia. Otra anomalía esta, la estética.