Dejemos de lado la abundante producción de cine independiente, con problemas de comercialización debidos a su propia naturaleza (si quieres disfrutar online de una buena selección de cine de autor y de calidad a un precio interesante visita Filmin). La gran mayoría de la programación que se exhibe en las salas de cine tiende a satisfacer criterios estándares. Citemos algunos requisitos que suelen cumplirse: fácil digestión, para todos los públicos, abundancia de efectos especiales, cocktail de sentimiento + acción, remakes de títulos clásicos, final más o menos feliz, actores famosos, psicologismo elemental…
El cine de las salas, amenazado por una crisis implacable en la que inciden cambios de conducta del consumidor, la competencia de Internet y las descargas más o menos ilegales o un precio poco competitivo sobre todo en esta época de crisis, ha dejado de ser una experiencia mística y cerrada (la oscuridad y el silencio, dos formas de aislamiento, como ruptura iniciática y mágica con la realidad exterior) para convertirse en esparcimiento abierto disfrutado en familia o pandilla junto a una bolsa gigante de palomitas.
Tal condición de espectáculo light (compatible con el resto de la oferta de ocio en que suelen integrarse los multicines: un estreno forma parte del menú que se completa con una hamburguesa o una partida de bolos) exige del cine el respeto de las convenciones sociales. No es casual que haya desaparecido de los circuitos el llamado cine de autor (¿dónde están los actuales Bergman, Fellini o Godard?) o las películas transgresoras, tanto desde un punto de vista estético como moral.
En este sentido, el cine de las salas se acerca a lo que durante décadas ha sido la televisión: un escaparate de la homogeneidad social, apto para un consumo familiar.
Y al mismo tiempo, la inflación de la oferta televisiva (cable, satélite, TDT…) ha multiplicado y fragmentado su oferta, que ahora puede dirigirse a sectores específicos sin tener que pagar la aduana de la convencionalidad. Se hace difícil imaginar una productora apostando con éxito para un Dexter en las salas de cine sin recortar una pizca la ambigüedad de su mensaje. Mientras la televisión se libera de las estrecheces del maniqueísmo y la codificación moral, el cine carga con gran parte de estas limitaciones.
Basta ver el catálogo de la productora HBO (Los Soprano, The Wire, True Blood, Band of brothers, Treme, A dos metros bajo tierra…) como ejemplo. Sus series han sido saludadas como las mejores películas que se están haciendo actualmente. Entiéndase por “buenas” o “mejores” las que proponen argumentos rompedores, planteamientos originales, historias distintas. Las que están diseñadas y contadas desde una inusual libertad creativa y desde la ambición artística… y que sin embargo consiguen récords de audiencia. Un público fiel, aunque no mayoritario, financia este nuevo cine de calidad que se produce para la televisión.
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3 ene 11 at 18:52