
¿En qué se parecen estos dos tipos, uno jovencito y barbilampiño y el otro vejestorio estriado por infinitas arrugas? Efectivamente: en la camisa.
Ambos llevan la misma camisa, aunque en realidad uno y otro son la misma persona. El de la izquierda es el auténtico, por supuesto, y el de la derecha el impostor. Una transformación que deja pequeñas todas las hipótesis de Baudrillard sobre la tendencia postmoderna al simulacro y la impostura como experiencia cotidiana.
También es la historia de un fracaso. El joven chino salió de Hong Kong disfrazado de vejete norteamericano y pasaporte falso con la intención de pedir asilo al llegar a Vancouver, Canadá. Pero en uno de los transbordos internacionales (¿gesto de autosuficiencia o simplemente de agobio físico?) se desprendió de la sofisticada máscara de látex. Tremendo error: la tripulación descubrió la engañifa y denunció el caso a la policía, que abortó la operación.
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