El órgano y la función: así pasa también con Internet y nuestras vidas. Internet no es solo una tecnología, una plataforma de comunicación, un medio. En realidad ha modificado toda nuestra forma de vivir. De manera sutil y profunda, más allá de los cambios evidentes como son el acceso inmediato y universal a la información o la interacción con redes sociales que superan los límites físicos de la vida física.
Hemos hablado en otros posts del hombre multitarea (una conducta creada a partir del patrón informático) y podríamos añadir una cada vez más extendida sensación de vivir de forma provisional derivada de consumir tanto software en beta.
Al contrario que nuestros abuelos y quizás padres, apalancados en creencias, amistades, trabajos y familias sólidamente establecidos, hoy cambiamos de ambientes, ideas y relaciones con la mayor naturalidad. Quizás no de forma voluntaria o consciente: simplemente nos viene impuesto por una época que evoluciona a velocidad de turbo. Vivimos permanentemente desfasados: cualquier compra de un dispositivo digital es una operación descatalogada porque mañana saldrá al mercado otro más potente, versátil y barato. Y este sentimiento frustrante y liberador al mismo tiempo se contagia a nuestra forma de encarar el trabajo, la casa, las relaciones, la salud. Los compromisos se debilitan y aligeran porque sabemos que el escenario que hoy nos sirve de perspectiva y referencia puede cambiar. Vivir el presente le llaman unos, aunque me parece más descriptivo bautizarlo como vivir en beta. Al estilo de Google, icono de la cultura Internet, no hay producto acabado porque evoluciona a medida que interactúa con los usuarios. Somos personas inacabadas, proyectos.
El futuro no está escrito en ningún libro sagrado ni está en poder de ningún Dios, que murió en el siglo XX. Es más: puede que no exista tal como imaginamos el futuro. Por ejemplo, si se elimina la vejez y colonizamos el espacio, la vida tendrá poco que ver con nuestra experiencia actual.