
En dos palabras: infiel e individualista, que vienen a ser lo mismo.
La economía globalizada basada en la libre circulación de capitales y la consecuente migración masiva de trabajadores empujados por la deslocalización de empresas y los vertiginosos cambios del capital financiero, es reacia a las fidelidades, y no es casualidad que en las últimas décadas se hayan disparado las separaciones y divorcios. Los nuevos valores del capitalismo líquido son la adaptación y la versatilidad en vez de la especialización y la continuidad de la era moderna. Hoy no existe la fidelidad a la empresa (¿qué sentido tendría, si se crean y destruyen sin descanso?) como se reconocía y premiaba antes. Es más, hoy resulta sospechosa. De inmovilismo, de estancamiento. A esta nueva moral o ideología Richard Sennett la definió acertadamente como corrosión del carácter. Por lo mismo, están en crisis o decadencia la familia nuclear o el Estado-nación, superados por un modelo social inestable y globalizado, el de la economía transnacional.
Y también pasa en el fútbol, donde el tradicional amor a los colores de toda la vida van siendo sustituido por fórmulas mixtas en las que se cuelan los valores postmodernos de la economía financiera. Los clubes cotizan en Bolsa, los nuevos millonarios rusos (Abramovic, Usmanov) compran los mejores equipos ingleses y los jeques árabes compran equipos en todo el mundo (el último, el Málaga). Es cierto que las instituciones (FIFA, en primer lugar, negándose a introducir mínimos controles tecnológicos a disposición de los árbitros) y el imaginario (himnos, banderas, peñas) mantienen vivas las señas de identidad más clásicas, cargadas de sentimiento y fidelidad: un club es una gran familia donde “se aman los colores” a muerte.
Excepto en el caso de entrenadores y algunos jugadores icono, que cambian de equipo (simbólicamente de familia, de nación; de ahí el rechazo que despiertan figuras como Figo) que desertan en medio de una nube de flashes: este es el fenómeno postmoderno, que va más allá de la trashumancia laboral de tantos jugadores desde siempre de acuerdo a una lógica de mercado.
Lo nuevo es la exhibición de esta infidelidad, que otorga prestigio a un entrenador como Mourihno que busca ganar su tercera Champions tras haberlo hecho con el Chelsea y el Inter. Recuérdese como celebró el triunfo con el club italiano: se quedó en Madrid negociando su contrato mientras toda la expedición italiana regresaba a Milán para festejar el título con su afición.
Lo mismo ya ha hecho con el Real Madrid. Había aceptado un contrato para dos partidos (¿qué otro compromiso puede ser más postmoderno?) con la selección portuguesa dejando al equipo blanco en manos de algunos de sus colaboradores, tal como haría una empresa desarraigada y globalizada a la búsqueda de una mayor rentabilidad vía subcontratación.
Esto es postmodernidad: hiperindividualismo, corto plazo, infidelidad positiva.
Aunque el blog oficial de Twitter calla como muerto, la noticia de un ataque XSS hace unas horas es trending topic y el rumor del día, sólo admitido oficialmente en su 






Actualización: Mashable desmiente la noticia.