
No hablamos de Gaughin descubriendo y quedándose a vivir en las islas del Pacífico (como después hiciera durante un tiempo Marlon Brando), ni de Lord Byron marchándose a Grecia para luchar y morir por la independencia de esta isla mediterránea, ni de la vuelta al mundo de Darwin en el Beagle, ni de tantos viajeros románticos que arrostraban incomodidades de todo tipo para conocer paisajes y culturas desconocidos: el placer y el riesgo de lo diferente. Lo exótico como forma de ruptura y crecimiento.
Hoy día todo esto es historia, arqueología.
Uno de los efectos de la globalización económica es justamente la homogeneización del paisaje urbano y de la oferta turística: podemos encontrar lo mismo y de todo en todas partes, de forma que las curiosidades específicas de un país o región son cada vez más impostadas, simulacros (casas restauradas como museos, centros históricos en naftalina, vestidos típicos impecables, comida tradicional light…) pactados entre la oferta y la demanda para mantener viva y rentable la ilusión con un plus de confortabilidad.
¿A dónde va pues tanta gente, millones y millones de viajeros desplazándose compulsivamente para aterrizar en sitios previstos y conocidos, en una época como esta en que no queda apenas rincón del planeta sin explorar? ¿Por qué viajamos con frenesí a ninguna parte?
Imagen: Addenda et Corrigenda



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Para quien no lo conozca, RFID (Radio Frequency IDentification) es una tecnología para la identificación a distancia de objetos de forma que la información sobre su movimiento pueda ser actualizada y almacenada digitalmente sin intervención humana. Vamos, un chip para ubicar desde un ordenador el producto en que se ha implantado: telegestión digital.
