Tenemos que agradecer al neoliberalismo imperante desde Tatcher, Reagan, Pinochet y demás líderes políticos (incluido Aznar) adictos a la causa, una evidente ruptura con el peso del pasado. Su programa de privatizaciones y su apoyo a una economía globalizada abre la puerta a vertiginosas operaciones que transforman el paisaje físico y humano. Aunque suele ser conservador en lo ideológico, el neoliberalismo acelera profundos cambios de vida en la población (¿podemos imaginar uno mayor que el derivado de los actuales movimientos migratorios que afectan a millones de personas?) que en la práctica significa un debilitamiento de la tradición. De las costumbres, del pasado. La especulación inmobiliaria modifica radicalmente barrios y ciudades, y la economía financiera impone la flexibilización del mercado de trabajo, cada vez más escaso y precario. Vivir al día, adaptarse: esto es lo que espera y exige la empresa postmoderna de sus trabajadores. El lento desmantelamiento del Estado del bienestar (ahí está Zapatero recortando pensiones e inversiones públicas como el resto de gobernantes, al dictado del FMI) nos va dejando sin protección frente al mundo obligándonos a un reciclaje permanente: no hay posibilidad de apoyarse en lo conseguido con anterioridad.
Todo lo contrario de aquella sociedad vertical y autoritaria blindada frente al exterior con un discurso paternalista y dogmático donde el inmovilismo era obligado. Hablo del franquismo nacional católico que hemos vivido en España hace sólo unas décadas pero también de un modelo generalizado en el mundo industrial anterior a Internet, el hiperconsumismo y la globalización, que se basaba en la fidelidad como valor. Entonces las empresas tenían vocación de durabilidad, lo mismo que las parejas, porque no se conocía el modelo de usar y tirar.
Este estímulo por vivir el presente del neoliberalismo actual tiene sin embargo bastante de estresante porque implica vivir bajo la amenaza de un futuro cada vez más inseguro. Y no me refiero sólo a la inseguridad laboral o económica (el Euribor que sube y baja como una espada de Damocles) sino a una inseguridad física: no es casual que se hayan multiplicado las cámaras, todo tipo de controles. Vamos hacia una sociedad policial, con o sin amenaza terrorista expresa.
Otros discursos más atemporales y extranjeros han reivindicado igualmente la fórmula de vivir el presente, sin la carga obligatoria de nuestra sociedad postindustrial. Antes, en los tiempos autoritarios e inmovilistas, tenían algo de subversivo porque atentaban contra el principio de la gratificación diferida: a los católicos nos imponían la represión de los sentidos a cambio de un premio en la otra vida. Pero ahora, con la publicidad instándonos a consumir ya incluso antes de poder pagarlo, esto de vivir el presente ha dejado de ser pecado.
Me refiero al pagano carpe diem o al principio vagamente oriental que cultiva el desapego (“sólo existe el presente”, “lo importante es el proceso y no la meta”), de forma parecida a las recomendaciones de Jesús, en este caso basadas en la confianza en la Providencia:
Observen atentamente las aves del cielo, porque ellas no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; no obstante, su Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, por medio de inquietarse, puede añadir un codo a la duración de su vida? También, en cuanto al asunto de ropa, ¿por qué se inquietan? Aprendan una lección de los lirios del campo, cómo crecen; no se afanan, ni hilan; pero les digo que ni siquiera Salomón en toda su gloria se vistió como uno de estos. Pues bien, si Dios viste así a la vegetación del campo, que hoy está aquí y mañana se echa al horno, ¿no los vestirá a ustedes con mucha más razón, hombres de poca fe? Por eso, nunca se inquieten y digan: ‘¿Qué hemos de comer?’, o ‘¿qué hemos de beber?’, o ‘¿qué hemos de ponernos?’. Porque todas estas son las cosas en pos de las cuales las naciones van con empeño. Pues su Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas.
Hoy todo nos empuja a concentrarnos en el presente: los consejos de autoayuda bañados de primitivismo religioso, la volatilidad del mercado, el inmediatismo publicitario.
Sin embargo, la profunda crisis económica que sacude el planeta parece desmentir las bondades de la fórmula. Fue justamente la falta de previsión y una ambición desregulada las que nos han llevado a estos tiempos de angustia. Vivir alegremente el presente como una cigarra derrochadora que se endeuda por encima de sus posibilidades no sirve: el futuro existe. Hay que visualizarlo, construirlo con tiempo y perspectiva.
Por no hablar del psicoanálisis. El éxito de la fórmula vive el presente es un canto al infantilismo: la infancia es el reino del presente, como bien sabía Peter Pan. Pero al crecer descubres que esta misma infancia sigue viva y condiciona buena parte de tus decisiones: tu presente no es sino el desarrollo de tu pasado. Y si es feliz y equilibrado no tenemos por qué darle más vueltas. Pero si se tuerce con errores y fracasos personales que en muchas ocasiones son recurrentes, ¿no es urgente revisitar los traumas infantiles para desactivarlos? En demasiadas ocasiones somos esclavos del pasado, y entregarnos al presente no basta para liberarnos de su influjo.
Y la cirugía estética. No paro de ver y escuchar campañas promoviendo todo tipo de rejuvenecedores o retardantes del envejecimiento. Parecer más jóvenes: ¿qué tiene que ver con vivir el presente? Aquí la esquizofrenia es demasiado evidente. No queremos asumir el presente a partir de los ¿40?, ¿50?, ¿60? años, sino detener el tiempo. Como si fuese una propiedad individual. Como Fausto, pero light.

Google ha comprado la empresa orientada a la creación de herramientas de desarrollo para Java y desarrolladora de GWT, casi simultáneamente que
El grupo
130 millones de libros distintos en toda la historia de la humanidad: 
La única vez que probé una sauna no pasé de los 60º, y la sensación fue de agobio casi insoportable. Supongo que es cuestión de entrenamiento, pero desde luego no me imagino soportando 110º. Esta es la temperatura que intentaba aguantar el cuerpo del ruso Vladimir Ladyschenski nada menos que durante 6 minutos. Resultado: murió mientras intentaba ganar el 
