Internet arrastra el pecado original de haber nacido fuera del recinto empresarial. Apareció, humilde, colectivo y anónimo, entre laboratorios militares y académicos ajenos por completo a objetivos comerciales. Después pasó lo que todos sabemos: se hizo popular y global, y los usuarios tomaron posesión espontánea y masiva de un nuevo espacio que por primera vez en la historia no había sido diseñado desde arriba.
Desde entonces, los Gobiernos han mirado con desconfianza una red universal sin gobierno ni policía, y las multinacionales han contemplado su implantación con envidia: Internet no es uno de los suyos.
Llevamos casi 40 años de neoliberalismo mundial, impulsado por Thatcher, Reagan, Köhl y los líderes políticos que les sucedieron, dispuestos a continuar el desmantelamiento del Estado del bienestar. Privatizaciones, libertad de circulación de capitales, economía financiera, sistema bancario en la sombra. Con sus contrapartidas: paro, deslocalización, migraciones, empleo precario, reducción de la protección social, desmovilización sindical. Digamos que los ideólogos del neoliberalismo hicieron bien su trabajo ya que sus principios han calado en el imaginario colectivo (ahí están los tópicos del funcionario parásito, de la administración pública corrupta, de la ineficacia de los servicios públicos…) y facilitado el continuo desembarco de empresas transnacionales, que han agrandado como nunca en la historia las diferencias entre pobre y ricos.
Hoy hasta los llamados gobiernos de izquierdas y progresistas como se define el de Zapatero en España sucumben ante las instrucciones emanadas del FMI o el Banco Mundial: la política está en manos del capital globalizado que exige escenarios a la medida de sus inversiones, y este es otro de los grandes éxitos de la cruzada neoliberal.
Internet, esta realidad atípica, está a punto de caer bajo el dominio de la lógica neoliberal. Dejará de ser un ámbito libre acogido a la regla de la red neutra para convertirse en un mercado desregulado acogido a los embates del capital financiero.
La economía globalizada fue creada para saltarse las limitaciones de las leyes nacionales, que condicionan su crecimiento al encajarlo en políticas concretas como son las de cada Estado. A este capital no le gustan los aranceles ni los impuestos ni las medidas proteccionistas. No admite estar regulado, como suele pasar en la televisión de EEUU cuando gobiernan los republicanos: se desregula la publicidad, levantando todo tipo de medidas restrictivas que buscan proteger al espectador. El tiempo que consumen los anuncios queda al arbitrio de la dialéctica oferta-demanda.
Internet, pues, será desregulado, y este cambio dramático podía preverse por aquellos que no creen en milagros. Pero nos jode que sea precisamente Google quien haya puesto la primera piedra en el proceso de desregulación.
También comentan el tránsito Periodistas 21, Enrique Dans o Error 500, los dos primeros con mayor optimismo que el de un servidor.



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