
Blockbuster ha elegido el 11-S (¿casualidad?, ¿intencionalidad victimista?) para declararse en bancarrota tras una larga época de crisis que se ha hecho irreversible: acumula una deuda de 1.000 millones de dólares. Y eso que las grandes productoras han estado apostando fuertemente por la supervivencia de este gigante del vídeo de alquiler: Sony, la Fox y hasta Warner le concedían privilegios de distribución obviando a los canales digitales y otros servicios de Internet.
Se lo explico a mi abuela, y lo entiende enseguida. De los cinco clubs de vídeo que había en el barrio hace unos años no queda ninguno: ¿cómo podría sobrevivir una proveedora de vídeos de alquiler?
Sin embargo, la industria cinematográfica no lo ve así, no ha querido verlo así. Y ha insistido en una fórmula comercial desfasada, acusando a la piratería de todos sus males, como hace la industria discográfica llorando por la caída de ventas de discos. Sin ni siquiera preguntarse por qué Hulu genera 3 veces más impresiones de anuncios que Google o por qué Netflix ha ampliado su negocio de distribución de vídeos por correo y ofrece 3.000 películas por Internet.
El negocio del cine y la TV por Internet crece mientras que Blockbuster se hunde. Y sin atentados terroristas de por medio.
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28 ago 10 at 14:06