
Argumento fáustico (vendes tu alma al diablo a cambio de recuperar tu vida) que evoca las desventuras con final feliz de James Stewart en el clásico casi navideño Qué bello es vivir (cómo sería la vida de los demás de no haber influido tú en ellas) que no afecta para nada a la originalidad de esta cuarta entrega del ogro más postmoderno de toda la literatura. Si como yo eres fan entusiasta del personaje y su mundo (me refiero a Shrek 1) pero te decepcionó la segunda e incluso la tercera, creo que estos Felices para siempre. Y no sólo porque recupera el ritmo narrativo o el ingenio de los diálogos sino porque es un regreso shrekiano a los orígenes: o sea sutil, con varios niveles de lectura y trampas por el camino de las que debe salir uno solito.
Resulta que la historia no fue como nos la contaron, ni siquiera como la recuerda y cuenta el ogro, que en este capítulo se ve sometida a la durísima prueba de perder su identidad mágica al encontrarse con todo un colectivo de ogros. Búsqueda de los orígenes y de sí mismo para descubrir que el amor verdadero es otra cosa. La verdad oculta dentro de otra verdad y esta dentro de otra, como las capas de cebolla o las muñecas rusas.
El regreso de Shrek es la crisis del cuarentón, dicen. En realidad, la del papá abrumado por las obligaciones postmodernas, la del macho fastidiado por un compromiso familiar que le es ajeno históricamente: de ahí que sueñe con volver a ser libre y transgresor. Pero la fuerte es Fiona, el protagonista tapado de la saga que aquí se hace definitivamente con las riendas de la historia y la interpretación: la lectura que había hecho Shrek y nos había vendido como verdadera queda anulada por la revelación final de Fiona. Final de ciclo, pues, porque se cierra una vez que se ha desmontado el mito.
Sin leyenda no hay religión ni cuento ni magia. Sólo (¿solo?) el amor verdadero. Con pañales.
Una maravilla.
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13 jul 10 at 20:32