La compañía de Apple sigue empeñada en su cruzada moralista hasta el punto de convertirla en un signo de identidad: sus usuarios no podrán acceder a contenidos sexuales porque el control ejercido sobre las aplicaciones instalables en los dispositivos de su ecosistema lo impide. Llámese censura o no, Steve Jobs en persona se vanagloria de la pureza moral reinante en su mundo: “si quieres ver porno, cómprate un Android”.
Lo cual implica una desvalorización de la competencia: algo así como acusar a Google, Adobe y demás compañías de complicidad con la bazofia humana, de comerciar con el pecado.
Dejando de lado el posible entronque de este planteamiento con el conocido puritanismo todavía activo en el ADN norteamericano (recordemos a Bush o simplemente la declaración de principios que supone el dólar y el himno: “In God we trust”), la divisa moral de Apple no hace sino reforzar un mensaje de seguridad, presente en las garantías tecnológicas ofrecidas a los usuarios.
En una época de profundos cambios como la actual (crisis de la familia nuclear, del Estado-nación, del sistema económico global) con los miedos añadidos (SIDA, cáncer, cambio climático, catástrofes ecológicas, peligro nuclear, terrorismo islámico), la seguridad se convierte en el valor más deseable.
Y esto es justamente lo que garantiza Jobs. Aprovechando el poco rigor desplegado por Microsoft durante las décadas de su monopolio en materia de seguridad, Apple se está convirtiendo en la alternativa fiable de pago (la gratuita sería Linux, por lo mismo dudosa en una sociedad donde todo tiene un precio)
Apple vende seguridad no sólo frente a los virus sino frente a los cuelgues. Sistemas seguros y estables, blindados gracias a una política empresarial que prohíbe la entrada de ajenos.
Recuerdo aquel famoso clip promocional de Apple recreando el sórdido ambiente de 1984, un mundo dictatorial frente al que se presentaba como salvador. No, Steve Jobs no ha eliminado aquella dictadura (en la fantasí de Orwell, los regímenes comunistas) sino que se ha hecho con ella.
El iPhone apenas permite el uso de Bluetooth y nos niega la tarjeta de expansión: dos ejemplos insólitos de cómo las capacidades de los dispositivos Apple están limitadas por un código rojo que elimina factores de contagio. Esta es el mensaje: si formas parte de nuestra familia no te contagiarás, pero tienes que aceptar las restricciones del contrato.
De ahí que me parezca coherente el programa moralista propugnado por Jobs y asumido con la boca pequeña por los usuarios. ¿Los maqueros y fanboys de iPhone – iPod – iPad – iTunnes son puritanos? No lo creo, simplemente aceptan la imposición (o se la saltan con jailbreaks, estas trampas que tanto recuerdan las practicadas por los católicos: me caso por la Iglesia pero no voy a misa los domingos, soy católico pero no practico la conducta sexual predicada por el Papa orientada exclusivamente a la procreación sin uso de ningún tipo de preservativo) como parte de esta religión tecnológica que nos ofrece un cielo geek seguro, moderno, bello y confortable.
Limpio y asexuado, como se merece el pueblo elegido por Jobs para salvarse de las plagas del siglo XXI.