
Me encuentro con un conocido por la calle. Ha salido a hacer su hora diaria de paseo, y por la mañana ya había cumplido con su sesión de natación. No es deportista ni nunca lo ha sido, sino un bon vivant a punto de cumplir los 60. Tiene artritis y no sé qué otras inflamaciones que le producen molestias, dolores y lumbalgias que debe combatir con ejercicio para evitar que la musculatura se debilite frente al deterioro de las articulaciones y el sistema nervioso. O algo así. Y me cuenta que lo que más le cuesta es aceptar que está así de atropellado: no entiende cómo le pasa esto, a él que se siente joven, con marcha en la mente y total disponibilidad para vivir. Es más: no se reconoce como un hombre mayor, le cuesta vivir con los achaques.
Será que no estamos mentalizados para vivir en un cuerpo viejo, hoy que todo es apoteosis de la juventud. Llegamos a mayores con la mentalidad de un adolescente, con ganar de hacer cosas, de aprender, de conocer, de descubrir. Pero lo que descubrimos es una realidad física, la nuestra.
Le digo que quizás somos la primera generación que vive esta paradoja, este asombro. Hasta ahora, la gente crecía con la conciencia de que se haría mayor: una edad respetable que funcionaba como antesala del retiro vital, de la muerte. Hoy, no.
A lo mejor la próxima generación equilibra la ecuación. Le cuento que ya hay muchos experimentos en marcha para regenerar internamente el cuerpo de forma casi automática, de forma que apenas notaremos los efectos del envejecimiento, y no estoy hablando de la actual cirugía reparadora.
Simplemente, hemos llegado demasiado pronto (o demasiado tarde) a la Historia. Dentro de 20, 30 ó 50 años los mayores no sólo tendrán la mente joven sino también el cuerpo joven.
Y recordaba todo esto al ver las fotos que se ha hecho Helen Mirren (un Oscar por The Queen y tres nominaciones, una como mejor actriz y dos como mejor actriz de reparto) en el New York Magazine: semidesnuda en la bañera y sin maquillar, a sus 65 años.