
La web sigue siendo el único proyecto universal compatible. El resto, iniciativas propietarias o exclusivas que buscan ampliar mercado a base de robarlo a la competencia, encerrando al usuario en un ecosistema incompatible.
Parecía que durante unos años se imponía una tendencia a la interoperabilidad y la portabilidad. Java, software de virtualización, Apple sobre Intel. Y desde siempre Wine.
Pero he aquí que la resurrección de Apple está imponiendo (mejor: los demás se lo copian) un modelo mucho más blindado que el de Microsoft: un circuito que empieza y acaba en sí mismo (App Store/dispositivo: iTunes/iPhone, por ejemplo) prisionero a su vez de un hardware incompatible y capado (vídeoconferencia sólo entre terminales iPhone 4, Bluetooth limitado a auriculares Apple y poco más, ausencia de tarjeta de expansión…) y una capa de DRM que funciona como carcelero de nuestra torre de cristal.
No sólo Apple. También están las nuevas plataformas móviles (basadas en los nuevos sistemas móviles: iOS, Android, Maemo, Bada, Windows Phone, webOS, Blackberry) todas ellas con vocación de tener su propia tienda de aplicaciones. En vez de un repositorio común (como casi sucedía durante los años del dominio de Symbian), hoy el mercado de las aplicaciones móviles está cada vez más fragmentado, sujeto además a las estrategias de cada fabricante: recuérdese el tiempo que estuvo aparcado el navegador Opera para iPhone.
Hoy no sólo firmamos contratos de permanencia con la operadora. También de exclusividad con un sistema móvil y su correspondiente tienda de aplicaciones. Más SDKs, más lenguajes de programación… pero menos compatibilidad. Pierde el usuario.