¿Puede usted citar el nombre de un gran poeta español vivo?, ¿el de un compositor sinfónico? ¿Un pintor que no sea Miquel Barceló? No, Dalí, Miró y Picasso no valen, murieron hace más de 20 años.
Sin embargo, hace sólo unas décadas Evtuchenko (o Yevstuchenko, los nombres rusos siempre crean confusión) recitaba sus poemas ante decenas de miles de personas y José Antonio Primo de Rivera afirmaba que los poetas mueven a los pueblos.
Sí, eran otros tiempos. Tan cercanos en la cronología, tan lejanos en vigencia.
Esto es la postmodernidad. No sólo crisis de la familia nuclear (en España las parejas separadas ya superan a las que todavía no se han separado), del Estado-nación (ZP y su gobierno adoptan acuerdos traumáticos a instancias de Europa, que a su vez provienen de los mercados globalizados) sino también del mismo concepto y alcance de fama.
Entonces eran famosos los artistas cultos o glamurosos y los políticos carismáticos, que ejercían como líderes de opinión. También científicos como los Curie, Einstein, Severo Ochoa o el cardiólogo Christian Barnard. Todos, homologados por una aristocracia de la que llegaban a formar parte mediante mecenazgo o invitación. La principal diferencia entre Lady Di y Belén Esteban, las dos princesas del pueblo, es que la primera saltó a la fama desde Buckingham Palace y la segunda desde TeleCinco.
El reality show, como parte esencial de la telebasura, es un mecanismo inventado por la industria para promocionar la ilusión de una fama democrática. Cualquiera puede hacerse famoso (de forma efímera como todo en la postmodernidad consumista: usar y tirar) sin necesidad de pedigrí.
Facebook, como modelo de un tipo de red social dominante (los libros de caras), extiende el concepto de reality a la web. Basado en la popularidad, la cercanía y la inmediatez, ofrece igualmente la fama que un día fue exclusiva de una minoría ilustrada o élite económica a nada menos que 500 millones de usuarios.
Facebook publicita tu imagen (tu marca) como hacen los reportajes de Hola con los famosos, salvando todas las distancias. Y te proporciona amigos, seguidores, fans como pueda tener David Bisbal, que igualmente te piropean y miman (y si fastidian los das de baja)
El modelo de Facebook se parece al del reality. Con una diferencia, además del carácter red: Facebook es un reality light, lo cual lo hace todavía más compatible con la vida cotidiana. Lejos de los focos extraordinarios y las grandes audiencias, el efecto Facebook te acompaña discretamente de forma continuada. Sin gritos ni necesidad de peleas. En voz baja y reducido a breves expresiones estandarizadas de complicidad.
En este sentido Facebook es más postmoderno que el reality. No compromete, es ecléctico y versátil: es ajeno a los radicalismos e ideologías. Pura expresión. En Facebook todo fluye. Como el capitalismo líquido.
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7 jun 10 at 15:04