Cuando las discográficas se liaban a tortas con el ya mítico Napster y clones o derivados, Apple creó la plataforma iTunes-iPod. Dejad que los internautas compartan canciones descargadas ilegalmente, papá Jobs os ofrece un servicio seguro, ágil y elegante como alternativa legal Pagar un poco por la comodidad y la exclusividad. Empezaba el ascenso de una nueva forma de gestionar comercialmente el negocio de la música: un ecosistema cerrado al mejor estilo de Microsoft, aquel gigante que fue incapaz de entender Internet. Apple, en cambio, ha sabido crear un circuito que incluye el hardware, el software, y la distribución controlada del contenido en la red.
Apple quiere dominar la informática del siglo XXI, como también pretende Google mediante una fórmula nominalmente opuesta (cultura de lo gratis, estándares abiertos) que cada vez más se acerca a los presupuestos de Cupertino: sistema operativo propio, terminales móviles propios, netbooks propios…
La gran diferencia está en que Google asume un rol de intermediario. Deja que otros fabriquen sus dispositivos porque se concentra en la creación de servicios orientados a una web donde los contenidos son públicos: de ahí sus enfrentamientos con las distribuidoras de cine y televisión por mor de YouTube, con gobiernos y editores por poner en la red libros y noticias. En este sentido, se ha llegado a decir que su buscador es comparable a trackers de torrents con copyright como pueda serlo The Pirate Bay.
Apple no tiene estos problemas porque parte de un planteamiento clásico que respeta las reglas de la industria anterior a Internet, a las que ofrece un puerto de salida seguro y rentable para seguir explotando el mismo negocio. Apple es socio de distribuidoras, productoras o editores.
El iPad llega como extensión del iPod. La misma fórmula, aplicada en este caso al sector editorial (muchos grandes rotativos ya están presentes mediante suscripción de pago) y seguramente al multimedia (juegos, películas, programas de TV): el iPad ofrece todas las prestaciones que le faltan al iPhone, pantalla y batería.
Apple ofrece a la industria lo que las leyes no llegan ni llegarán a conseguir nunca. Como pasó con iPod-iTunes, en vez de perder tiempo y dinero con pleitos, el iPad pone a su disposición una plataforma cerrada y segura, incluido modelo de negocio bien definido con el nuevo sistema publicitario iAd.
Y como buen empresario, Apple busca quitarse de en medio a competidores. Ya ha prohibido la entrada de Adobe en sus fronteras. Y cuidado con Amazon y su eReader Kindle, con muchas papeletas para ser arrinconado por una tableta mucho más versail, bendecida además por la industria editorial.
Sólo un ejemplo final de la seducción ejercida por el nuevo fetiche de Apple: en un artículo reciente publicado en El Mundo, Arcadi Espada reivindicaba la adopción masiva del iPad como herramienta escolar en lugar de los netbooks “anticuados” que el Gobierno de ZP está regalando a colegios e instituos públicos.
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11 abr 10 at 12:54