
En Navidad, Amazon ya vendió más libros digitales que en formato físico. El éxito del Kindle disparó todas las alarmas, y las editoriales reforzaron su discurso contra los males de la informática, calcadito del que han empleado (y siguen y siguen) las discográficas, con las sociedades de gestión como guardia pretoriana.
Llega pues la guerra de los libros, la versión editorial de la misma cruzada regresiva desatada en canciones y películas exigiendo que se pare el reloj del tiempo. Al menos, lo suficiente como para diseñar el nuevo escenario digital a la media de sus intereses analógicos. Que en realidad no son tales sino puramente comerciales. Les ha salido un competidor y exigen a la Administración que detenga o expulse al intruso, mientras la industria de la cultura (léase cine o editoriales) sigue cobrando sus subvenciones.
Una guerra de las empresas del libro contra la amenaza del eBook. Último capítulo: Macmillan se niega a equiparar los precios de sus libros digitales a los estándares de Amazon, con el argumento de competencia desleal con sus libros impresos.
Por lo visto, el nuevo mercado debe regirse por los márgenes de ganancias y las pautas del antiguo, confundiendo valor con precio.
Por su parte, las editoriales Simon and Schusters y Harper Collins han anunciado que retrasarán la venta digital de sus ‘best sellers’ para no dañar sus ingresos. De nuevo, el nuevo formato como un peligro que hay que tener a raya.
¿En nombre de la cultura, del lector, del usuario?
Aquí en España, los editores y autores agrupados en Cedro (cuya misión “es representar y defender sus legítimos intereses”) presionan a la Administración para cobrar más por copia y préstamo. Un canon (¿les suena?) que incluye a las bibliotecas: 20 céntimos por libro.
No se trata de la guerra de los libros, sino de la batalla de los libros dentro de la larga guerra de la industria dominante de la cultura contra las nuevas formas de producción y distribución digital, que de forma casi suicida se empeñan en no explotar.
Sin admitir un cambio de paradigma: la propiedad física ha dejado de tener el valor que tenía, como pasó en su tiempo con la imprenta y el grabado. Se impone la ubicuidad de una época móvil, donde tiene más sentido pagar por lectura que por posesión de un libro
