
Trinidad Jiménez, ministra de Salud, considera que prohibir el tabaco no es la solución porque su uso está muy arraigado en nuestra sociedad.
Y Curro Romero, el Faraón de la fiesta, considera que prohibir las corridas de toros en Catalunya es un atropello.
Dos ejemplos sacados de la actualidad de hoy mismo entre tropecientos, que expresan la tendencia a la prohibicionofobia, esta alergia a reprimir, imponer, restringir, limitar y todo cuanto suponga negar una actividad a una persona o colectivo desde la responsabilidad de un cargo, llámese padre, profesor o gobernante.
Que prohíban otros, este es el lema de una sociedad liberal que incorpora a la convivencia una ideología proveniente del nuevo capitalismo globalizador y contrario a cualquier intervencionismo.
A los papás les cuesta prohibir al hijo, está mal visto: ¿acaso los centros comerciales no nos dan todo tipo de oportunidades para que compremos en cómodos plazos?
Culto a la libertad, como escenificación estética del individualismo híperconsumista.
La realidad, sin embargo, se encarga de imponer los límites que la publicidad niega y esconde: contratos basura, agudización de las diferencias entre los más ricos y los más pobres, paro estructural, fracaso escolar.
No hay que prohibir, dicen la ministra y el torero, invocando en ambos casos la tradición. Entonces, ¿habría que mantener el apartheid y el machismo violento allá donde siguen imperando?