
Mis alumnos de Primero de ESO me insisten en que me abra una cuenta en Tuenti. Casi todos tienen, y la emplean mucho más que cualquier otro sistema de comunicación virtual.
Facebook es un rollo, en Tuenti puedes chatear.
Pero también en Facebook, les digo.
Ya, pero en Tuenti pones fotos. Y vídeos.
Pero también podríais en Facebook.
Sí, lo saben, de hecho la mayoría también tienen cuenta en Facebook. Pero lo encuentran pesado. Tiene demasiadas páginas, y cosas y juegos ¿Les gusta Tuenti por ser más ligero?
Es que tus padres tienen cuenta en Facebook, y es un rollo. Te envían mensajes (“hola, cariño”) y ven tus fotos y leen tu muro.
Al fin lo entiendo: les gusta Tuenti porque allí no están sus padres (¿será por eso que funciona por invitación?), y me acuerdo de mi hija de 9 años que no hace sino repetir que quieres ser mayor.
Tus padres no están en Tuenti, al fin todos se ponen de acuerdo en cuál es el atractivo.
Dos características marcan la evolución de la Red (y las redes): promiscuidad y fugacidad. De ahí el éxito de Twitter, este bicho raro desahuciado por los gurús de Internet cuando aterrizó y que sigue creciendo a pesar de su pobre interfaz y escasa monetización) De ahí el éxito de Tuenti.
Dos características, en realidad, de la sociedad postmoderna.
Promiscuidad como compensación de la despersonalización y anonimato de una vida urbana que nos aísla cada vez más. Promiscuidad puntual (discotecas, eventos deportivos masivos, botellón) o virtual. Pero también promiscuidad como forma pseudodemocrática de asaltar la fama reservada hasta hace poco a una élite: programas de telebasura donde el ciudadano corriente se convierte en protagonista a base de exhibir sus miserias, contrapartida de los reportajes en Hola donde la aristocracia mediática muestra sus casas y armarios.
Pero el espectáculo debe renovarse para resultar atractivo: fugacidad.
Fugacidad como condición impuesta por un capitalismo híperconsumista que necesita multiplicar su producción.
El fin de la privacidad: Facebook se mueve al fin en esta dirección, sin complejos. Y con retraso: Mark Zuckerberg admite que ahora no blindaría la privacidad en Facebook como hizo en su momento.
Y aunque es cierto que la privacidad es necesaria, también lo es que la promiscuidad tiene un componente viral que resulta clave en el crecimiento de las redes.
Promiscuidad en las redes, especialmente grata a los (pre)adolescentes.
Las páginas personales de un tiempo y los blogs posteriores son demasiado estáticos y académicos. Las redes, interactivas e inmediatas, son un juguete a la medida de una edad narcisista necesitada de plataformas de expresión.
Sobre todo si son propias: redes juveniles, sin el control parental que supervisa y comparte. Redes donde sobre todo subir fácilmente fotos y vídeos, escaparate de una actividad vital que acerca realidad física y virtual en un continuum.
Alejados los padres, lo guay es enseñar, mostrar, publicar, compartir, chafardear. Y para esto, la privacidad molesta. Es más, resulta incompatible.