El episodio no hubiese pasado de ser pintoresco o tragicómico si el ambiente político en Italia no estuviese tan radicalizado desde hace tiempo. Las continuas provocaciones de Berlusconi y su programa personalista lleno de gestos autoritarios ha contribuido a desencadenar una dinámica de enfrentamientos, en la que se posicionan en uno u otro extremo cerca del 20% de la población y casi la totalidad de los medios.
El carisma mediático de un Berlusconi muy machote pasado por el bisturí rejuvenecedor se ha desvanecido de golpe con esta imagen de un viejo desfigurado sangrando por la boca. Recluido en el hospital, ha desaparecido físicamente de escena como estrategia de recuperación (hasta que pueda mostrar de nuevo un rostro radiante), cargada de victimismo.

Una buena coyuntura para entrar a saco en Internet, el demonio actual sobre el que muchos Gobiernos descargan sus rabias y miedos. Desaparecido el peligro comunista y en plena euforia de pensamiento único, la red sin domesticar puede asumir el rol de malo necesario. No es difícil completar el imaginario: Internet como cueva de pederastas y por extensión de todos los peores enemigos del Estado. Esto el que ha decidido el Gobierno italiano en estos momentos de orfandad:
“No queremos eliminar la posibilidad de expresarse en Internet, sino sancionar a quien supere los límites, quien incurra en delitos” declaró Altero Matteoli, ministro de Transportes, en rueda de prensa tras el último Consejo de Ministros, añadiendo la unanimidad absoluta del Gobierno en torno a la urgencia de elaborar un proyecto de ley para el control de manifestaciones e Internet, anunciado por el ministro del Interior, Roberto Maroni,
Afirmación obvia y gratuita (¿o es que hasta ahora el Gobierno dejaba impunes los delitos?) que caldea el ambiente para justificar medidas como las anunciadas en nuestro proyecto legislativo de economía sostenible.
Al fin, todos los gobernantes se parecen: Sarzkozy, Zapatero, Berlusconi, tan distintos, empeñados en controlar Internet.
