Las religiones siempre han tendido a convertirse en iglesias, lo mismo que las ideologías políticas en partidos.
Algo parecido pasa con la informática, y cuento lo que me pasó hoy como ejemplo:
Encargué una partida de ordenadores nuevos. Funcionarán con Linux, avisé. “Estupendo”, me dijo el técnico de la tienda, “yo tengo en casa Ubuntu 9.04 y funciona sin problemas”. Un windowsero de toda la vida que sin embargo ha encontrado un hueco para colar Linux entre sus recursos. Llegan pues los equipos, los desembalamos y conectamos. Instalamos en el primero Ubuntu Jaunty. Todo muy bien, hasta que intentamos configurar la gráfica. No se deja. Buscamos en Google: monitor no soportado, mensajes y foros buscando sin encontrar solución al modelito en cuestión, un ACER que confirma la manía que le tengo a esta marca. Venga probar con el xorg.conf, los drivers de Nvidia… No hay manera, lo máximo que conseguimos es recuperar la resolución 800×600. El técnico se despide hasta mañana.
Si hubiese instalado Windows esto no hubiese pasado. Y ahí quedan los equipos nuevos, minusválidos ¿por culpa de Linux?
Por culpa de fabricantes todavía indiferentes al mercado de Linux, de técnicos que siguen moviéndose en clave Windows. Repitiendo unos y otros las comodidades y ventajas de Windows, dejando para los raros la aventura de Linux bajo tu propia responsabilidad.
La inercia, la pescadilla que se muerde la cola: algunos fabricantes no liberan drivers para Linux, la mayoría de vendedores y técnicos no se preocupan de suministrar equipos compatibles con Linux. ¿Resultado?: “Linux es limitado”