Entro en la agencia *** del banco de Valencia donde tramité el préstamo hipotecario, para cumplir con mi deber religioso de pagar la cuota mensual. Hoy es el último día, y si me retraso me cobran intereses.
Me pongo en la cola, que al cabo de unos minutos sigue tal cual. Observo al cajero dando explicaciones a la clienta de la ventanilla, hasta que al fin sale de la guarida y nos comunica que “no hay línea”. Y tan fresco nos invita a ir a dar una vuelta. “Si tienen alguna cosa que hacer por aquí cerca, y después regresan. Lo digo para que no tengan que esperar”
Pero no sabe decirnos cuánto. Cinco minutos, media hora… Decido quedarme. El resto de oficinistas, al teléfono en busca de pistas. Que si la central, que si el servidor.
Veo con asombro cómo el cajero va hacia un ordenador, lo apaga y vuelve a arrancar ante la mirada expectante de una compañera. Gestos de decepción. Más llamadas de teléfono, más consultas.
Se nos acerca una nueva empleada para ofrecernos la solución manual. Vale, me apunto. Pero resulta que la impresora no funciona.
En fin, que el banco está sin línea y los clientes sin alternativa.
Y entonces descubro el secreto del negocio de los bancos. Ellos te cobran por tu retraso pero no te pagan por el suyo: lo nuestro es demora, lo suyo accidente técnico. Y encima nos perdonan la vida: “vayan a dar una vuelta y regresen en media hora”. Y sin garantías: la informática es un misterio.