Hay una contradicción seguramente insalvable entre software abierto* y producción comercial masiva de software. Un filo de la navaja sobre el que Google (y este es uno de sus méritos y una de las claves de su éxito fulgurante) y pocos más han sabido hacer equilibrios.
Al mercado (todavía) le gusta la exclusividad, y en la cadena de revendedores cada uno quiere imprimir su marca como estrategia de promoción. Las operadoras venden terminales con su propio logo y algunas modificaciones del sistema operativo que facilitan el acceso a los servicios de la compañía: fidelizar los clientes, le llaman a esto.
Ahora Nokia anuncia restriciones a esta política, justamente para su nuevo sistema Maemo 5 basado en Linux, que podremos disfrutar en el tan esperado Nokia N900.
La misma paradoja protagonizada por Google, que también blinda sus terminales basados en un sistema libre* como es Android.
El mercado al fin es inteligente y astuto (dos cualidades que no siempre se dan juntas): ha aprendido que el software libre* puede ser muy rentable. Con una condición: que pueda cerrarse.
(*) Uso estos términos (“abierto”, “libre”) de forma genérica o informal, sin entrar en las diferencias entre el llamado abierto (más cercano a la praxis de Linus Torvalds) y el llamado libre (definido y defendido por Stallman)